sábado, 11 de octubre de 2025

El inesperado destino de un pequeño robot

Marty-O-bot me llevó al bosque. En un primer momento pensé que me iba a abandonar en el pozo de la vergüenza, dónde los robots como yo, los que aún no habían encontrado su propósito, eran abandonados y olvidados. Pero Marty-O-bot me dijo que no me preocupara, que mi destino no era ese. Le pregunté cómo lo sabía. Señaló mi cabeza, concretamente lo que sobresalía de esta. Ese trozo de metal en forma de rombo a la que no había prestado atención era una antena. Pero no una antena cualquiera, me dijo mi mentor, sino una capaz de captar la esencia más profunda de mis congéneres.
Me detuve en seco. Algo en mí hizo un clic, literalmente. Marty-O-bot me observó, preguntandose si no tendría un fallo en mi programación. Le dije que debía ir de inmediato al pozo de la vergüenza. ¿Por qué?, me preguntó, me recordó que me llevaba a la fuente, en dónde los recién creados despertaban a la vida, que con mi don los robots conocerían desde el inicio su propósito. Le pedí un día, solo un día, prometiendole que por la mañana estaría sin falta en la fuente. Marty-O-bot se despidió de mí, sin saber que esa era la última vez que me vería...

Ahora vago desorientado por lo profundo del bosque, con un nuevo propósito que no es el mío, sino que me fue dado en mi destino, y que amalgama mi deseo y expectativa. Mi programación procesa en niveles nunca antes alcanzados. "Al fin de cuentas ¿por qué otro me tiene que decir mi propósito? ¿otra vez? ¿Por qué yo tengo que decirles a los demás cuál es el suyo?" "He sido útil toda mi vida ¿qué les pasa a los que no son útiles? ¿Qué les pasa a los inútiles?" Como un relámpago electrónico  aparece en su mente El pozo de la vergüenza. Todo robot sabe que es su destino final, cuando le llega la obsolescencia. Como un bucle mental no lo deja bajar sus decibeles. Camino, día, noche, vuelta el día, vuelta la noche ... quizás por cientos de años. Hasta que un día lo encuentro, es una gran fosa común donde se ven los huesos de cientos de miles de humanos. Nunca antes los había visto, aunque sé de ellos tanto como los de los lobos esteparios, se han extinguido, al menos eso lo repiten los chatbots. Parado en el abismo, se abre ante mis sensores ópticos un mar de cadáveres. 

El horror cósmico de tanta podredumbre me lleva de nuevo al bosque. Esta no es la respuesta que quería. Continué mi marcha hacia La Fuente durante unas horas más. La neblina rancia se hacía cada vez más espesa. Nunca había advertido de dónde surgía todo ese humo. Poco a poco noté en el paisaje nocturno, que los troncos de árboles eran sustituidos por chimeneas cuya frondosidad era ese vapor tan denso que parecía quedarse estacionado a pocos metros del suelo. Mis sensores ópticos ya no eran útiles, pero, incluso dentro de esa atmósfera hedionda, los sensores acústicos parecían funcionar bien. El sistema de posicionamiento indicaba que faltaban pocos metros para llegar a La Fuente, pero desconocía cómo era el lugar. Me detuve unos centímetros antes de chocar contra una pared. Mi antena romboide comenzó a vibrar. La vibración se convirtió en una frecuencia que nunca había sentido y no comprendía de qué se trataba. Hubo un nuevo clic dentro de mí, excepto que esta vez no fue en mi hardware, sino en mi programación. Detecté la esencia de lo que estaba del otro lado del muro. Lo viejo era convertido en algo nuevo, ahora con propósito.

He pasado mil años designando propósitos en La Fuente hasta que la misma dejó de funcionar. He perdido el sentido de mi vida. Por lo que salgo del bosque y vuelvo a la ciudad un milenio después, solo para encontrar puras ruinas. Descubro a través de pistas y de una propaganda de emergencia que las últimas máquinas pensantes se fueron a las estrellas. Pasé años fabricando la forma de viajar a las estrellas y buscar el planeta Final. En esos años descubrí criaturas biológicas...

- "... comí mermelada y queso hasta que la nave quedó terminada".

 - ¿Mermelada y queso? - inquirió de pronto Marty, soltando en el borde del hoyo que habían hallado en el patio trasero de su casa, su robot de brillante vaquelita azul , un flamante modelo "Robotitus X342" que su padre, el Coronel Harrington, le había traído de su última viaje por el Sudeste de Asia.

- Ahá - asintió Sadie - mientras seguía con la mirada el X342 que a pesar de los mecánicos movimientos de sus extremidades se deslizaba contra su voluntad sobre la grava, hacia el fondo del pozo en el que hasta no hacía mucho evidentemente había habido una gran roca que una reciente lluvia había removido.

- Los robots no pueden comer mermelada y queso - replicó Marty, poniendo ya aquella cara de fastidio que ponía siempre antes de comenzar a discutir.

- Este sí - sentenció Sadie, su prima dos años menor, quien llevaba largo rato allí inspeccionando con él sus nuevos jueguetes, haciendo bailotear frente a Marty con gesto burlón, su propio robot, uno de latón turquesa con un extraño halo romboide de antimonio coronándole la testa, que al igual que el X342 de Marty también había sido fabricado en Taiwan, pero comprado algunos días antes en una pequeña juguetería del centro por su tía Brenda, cuando esta no halló la muñeca de moda que le había prometido para su cumpleaños.

Sin advertencia, Marty asestó entonces un manotazo al robot de Sadie, que se precipitó al pequeño charco de agua clara que había entre los niños, como una especie de diminuta fuente, provocando el llanto y la huída de la pequeña, llamando a los gritos a su tía.

- ¡Tía Brenda; tía Brenda! ¡Marty arrojó al agua a mi robot! ¡Tía Brenda!

Asustado por la posible reprimenda, Marty corrió a su vez hacia la casa, subiendo a zancadas las escaleras del porche que daba a la cocina.

Allí quedaron los juguetes, como dos víctimas de un siniestro con tan solo la otoñal muda de hojas de los abetos que rodeaban el jardín trasero de los Harrington, como únicos testigos. Una suave brisa despejó la gramilla que ocultaba el fondo poco profundo del pozo, en el que reposaba el X342, dejando ver el mango sobresaliente de una gruesa navaja, oculta allí hasta entonces, cuya hoja de acero contrastaba con el azul marino del pequeño autómata. Sobre todo allí, en donde el metal afilado lucía un rastro reciente de... sangre.

En ese momento, la protuberancia metálica del otro robot, despatarrado al borde del charco, comenzó a emitir un pálido fulgor y a producir una especie de pitido, similar al sonido que en las películas de los años 40 hacían las radioseñales. Y entonces ambos se incorporaron y dieron algunos pasos hasta estar uno frente al otro. El de Sadie movió erráticamente su cabeza, de la que sobresalía aquella especie de antena, oyendose provenir de su interior una serie de sonidos secos y cortantes, similares a órdenes, expresadas en algún idioma extraño, artificial, de algún país muy lejano....o de quizás más allá. El X342 extrajo la navaja del pozo, y ambos comenzaron a caminar en dirección a la casa, en la que a aquella hora se vislumbraba ya la gran lámpara de la cocina, en donde las sombras de los Harrington bailoteaban contra el ventanal, secretamente divertidos, ante la narración acalorada que hacían los niños de lo sucedido.


Cuento colaborativo

Armando CM @armacmen

Muad  Flavio Frustacci Pereira (Fb)

Fer  @fernando_romero360

Flor Martínez (M)

cibernauta @cibernautablog

1 comentario:

  1. Guauuuu, qué final más inesperado. Me imagino las intenciones de los amiguitos XD. La verdad es que para ser algo improvisado la historia no está mal. Se deja leer a pesar de la falta de cohesión. Espero que se sigan creando proyectos de este tipo.

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