sábado, 8 de noviembre de 2025

El secreto de Timy


 

 

El pequeño Timy observó al ser que levitaba frente a él con la concentración de un erudito que estudia un gran proyecto. Esto incomodó a la criatura, que, desconcertada, comenzó a retroceder, incapaz de dejar de sonreír.

Timy, quien no sabía que los demonios sonreían cuando experimentaban miedo o inquietud, se acercó a la criatura, procurando tomar una de sus manos, pequeñas y de dedos largos y uñas puntiagudas. El demonio intentó evitar el contacto, pero no pudo. En ese momento fue consciente de que algo lo había atrapado, y que el poder de aquella cría humana era más poderoso de lo que había previsto.

 

Timy se dio cuenta de inmediato: la criatura roja había entrado en pánico, y solo porque se había enredado en unas cuerdas que sobresalían del árbol más próximo, como una segunda y traicionera piel. El demonio se dio la vuelta y volvió a mostrar esa sonrisa llena de dientes filosos. Entonces Timy comprendió que en realidad no estaba sonriendo. Ahora veía a la criatura con nuevos ojos, y cuando comprendió el peligro en el que estaba fue demasiado tarde. Las garras del demonio desgarraron su pecho sin misericordia.

 

Marajen sintió cómo el poder del humano se iba diluyendo, dejando de oprimir su cuerpo, hasta que al fin logró escapar. Mientras ese mundo de colores iba quedando atrás echó un último vistazo al humano, quien yacía tendido entre una alfombra de hojas marchitas. De su pecho brotaba el vital elemento que tanto lo había atraído en otras expediciones. Lo curioso fue que, desde dónde estaba, el cuerpo pareció convulsionarse, para luego alzarse y caer sobre la verja con violencia.

 

 Había tenido a Marajen en su poder, sin embargo, no había podido penetrar su carne. Cuando el niño apareció todo se dio como debía ser, y ahora había atrapado al humano moribundo. Su sangre despertó partes en él que creía perdidas para siempre, y supo que esta vez lo lograría. Con Marajen no había tenido esa suerte, si bien pasado el tiempo había averiguado su nombre y sus motivaciones, lo cierto es que ahora, con… Timy, el asunto sería muy diferente.

 

Timy experimentó una sensación inquietante. No de ahogo, sino de plenitud. Estaba siendo absorbido por aquel ser, y lo único que quería era que aquello no terminara nunca. La dicha de pertenecer a algo más grande que él mismo lo abrumó, a tal punto que dejó de pensar en sí mismo como Timy, el pequeño Timy, como solía llamarlo su madre, a la que apenas recordaba.

Habrem era un ser inmemorial, llegado tiempo atrás desde un mundo remoto. Ahora vivía en ese árbol, una elección que en un principio creyó acertada, a pesar de que muy pronto fue consciente de sus obvias limitaciones. Desde el principio había descubierto que su forma física no lograba perdurar en aquel planeta, por lo que desarrolló la habilidad trasladar su esencia a otros cuerpos para sobrevivir y así, algún día, poder regresar a su mundo.

 

Pero Habrem tardó mucho tiempo en perfeccionar su don. La asimilación debía ser perfecta, ya que existía el peligro de convertirse en un ser totalmente terrestre. Por ello elegía a sus presas con sumo cuidado. Claro que este joven humano había sido algo diferente, inesperado; un evento fortuito y fugaz que había aprovechado en el acto. Y mientras sus extremidades aspiraban la energía vital del niño, presentía que por fin sería libre. Libre para conquistar aquel mundo y regresar con el mayor botín de todos a su hogar.

 

Marajen voló hasta salir del bosque, y por fin se sintió libre de ese lugar. Sin embargo, todo a su alrededor comenzó a verse difuso, y poco a poco fue perdiendo la visión. Segundos después golpeó fuertemente contra el suelo, con parte de su rostro hundido en la tierra blanda, sin poder moverse. Luchó por permanecer consciente, intentando por todos los medios descubrir por qué no había logrado llegar a su mundo; por qué el portal, que siempre se abría para él, no lo había hecho. Quiso vincularse a su hogar a través de los recuerdos, pero no logró evocar ninguna imagen, ningún lugar ni rostro, tan solo ese árbol y el niño humano, que lo miraba y sonreía. En sus ojos Marajen percibió angustia, un llamado de auxilio silenciado por una sonrisa que se iba estirando poco a poco, hasta llenar la mitad de su rostro.

 

Habrem penetró en los recuerdos de Timy, a quien ya veía como parte de sí mismo. Pero en su mente encontró algo que lo llenó de inquietud: dichos recuerdos terminaban abruptamente, como si su existencia se limitara a un tiempo muy limitado. Sus extremidades temblaron, oprimiendo aún más el cuerpo del niño, que a esas alturas ya no respiraba por sí mismo. Las terminaciones nerviosas de Habrem, desarrolladas y perfeccionadas a través de su estadía en ese mundo, habían logrado fundirse con la mente de Timy a un nivel que ni el mismo alienígena comprendía, y cuando sintió el peligro, ya era tarde.

 

Timy despertó con parte de su rostro enterrado en la arena. No sabía cómo había llegado ahí. A su alrededor un animal, seguramente un lagarto o una serpiente, había mudado su piel, ya que encontró tiras rojizas de piel por todos lados. Se incorporó lentamente y luego se dirigió al bosque; sentía una llamada apremiante, como si alguien pidiera auxilio desesperadamente.

 

 

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