El
pequeño Timy observó al ser que levitaba frente a él con la concentración de un
erudito que estudia un gran proyecto. Esto incomodó a la criatura, que,
desconcertada, comenzó a retroceder, incapaz de dejar de sonreír.
Timy, quien no sabía que los demonios sonreían cuando experimentaban miedo o inquietud, se acercó a la criatura, procurando tomar una de sus manos, pequeñas y de dedos largos y uñas puntiagudas. El demonio intentó evitar el contacto, pero no pudo. En ese momento fue consciente de que algo lo había atrapado, y que el poder de aquella cría humana era más poderoso de lo que había previsto.
Timy se dio cuenta
de inmediato: la criatura roja había entrado en pánico, y solo porque se había
enredado en unas cuerdas que sobresalían del árbol más próximo, como una segunda
y traicionera piel. El demonio se dio la vuelta y volvió a mostrar esa sonrisa
llena de dientes filosos. Entonces Timy comprendió que en realidad no estaba
sonriendo. Ahora veía a la criatura con nuevos ojos, y cuando comprendió el
peligro en el que estaba fue demasiado tarde. Las garras del demonio
desgarraron su pecho sin misericordia.
Marajen sintió
cómo el poder del humano se iba diluyendo, dejando de oprimir su cuerpo, hasta
que al fin logró escapar. Mientras ese mundo de colores iba quedando atrás echó
un último vistazo al humano, quien yacía tendido entre una alfombra de hojas
marchitas. De su pecho brotaba el vital elemento que tanto lo había atraído en
otras expediciones. Lo curioso fue que, desde dónde estaba, el cuerpo pareció
convulsionarse, para luego alzarse y caer sobre la verja con violencia.
Había tenido
a Marajen en su poder, sin embargo, no había podido penetrar su carne. Cuando
el niño apareció todo se dio como debía ser, y ahora había atrapado al humano
moribundo. Su sangre despertó partes en él que creía perdidas para siempre, y
supo que esta vez lo lograría. Con Marajen no había tenido esa suerte, si bien pasado
el tiempo había averiguado su nombre y sus motivaciones, lo cierto es que
ahora, con… Timy, el asunto sería muy diferente.
Timy experimentó
una sensación inquietante. No de ahogo, sino de plenitud. Estaba siendo absorbido
por aquel ser, y lo único que quería era que aquello no terminara nunca. La
dicha de pertenecer a algo más grande que él mismo lo abrumó, a tal punto que
dejó de pensar en sí mismo como Timy, el pequeño Timy, como solía llamarlo su
madre, a la que apenas recordaba.
Habrem era un ser
inmemorial, llegado tiempo atrás desde un mundo remoto. Ahora vivía en ese
árbol, una elección que en un principio creyó acertada, a pesar de que muy
pronto fue consciente de sus obvias limitaciones. Desde el principio había
descubierto que su forma física no lograba perdurar en aquel planeta, por lo
que desarrolló la habilidad trasladar su esencia a otros cuerpos para
sobrevivir y así, algún día, poder regresar a su mundo.
Pero Habrem tardó
mucho tiempo en perfeccionar su don. La asimilación debía ser perfecta, ya que
existía el peligro de convertirse en un ser totalmente terrestre. Por ello elegía
a sus presas con sumo cuidado. Claro que este joven humano había sido algo
diferente, inesperado; un evento fortuito y fugaz que había aprovechado en el
acto. Y mientras sus extremidades aspiraban la energía vital del niño,
presentía que por fin sería libre. Libre para conquistar aquel mundo y regresar
con el mayor botín de todos a su hogar.
Marajen voló hasta
salir del bosque, y por fin se sintió libre de ese lugar. Sin embargo, todo a
su alrededor comenzó a verse difuso, y poco a poco fue perdiendo la visión.
Segundos después golpeó fuertemente contra el suelo, con parte de su rostro
hundido en la tierra blanda, sin poder moverse. Luchó por permanecer
consciente, intentando por todos los medios descubrir por qué no había logrado
llegar a su mundo; por qué el portal, que siempre se abría para él, no lo había
hecho. Quiso vincularse a su hogar a través de los recuerdos, pero no logró
evocar ninguna imagen, ningún lugar ni rostro, tan solo ese árbol y el niño
humano, que lo miraba y sonreía. En sus ojos Marajen percibió angustia, un
llamado de auxilio silenciado por una sonrisa que se iba estirando poco a poco,
hasta llenar la mitad de su rostro.
Habrem penetró en
los recuerdos de Timy, a quien ya veía como parte de sí mismo. Pero en su mente
encontró algo que lo llenó de inquietud: dichos recuerdos terminaban
abruptamente, como si su existencia se limitara a un tiempo muy limitado. Sus
extremidades temblaron, oprimiendo aún más el cuerpo del niño, que a esas
alturas ya no respiraba por sí mismo. Las terminaciones nerviosas de Habrem,
desarrolladas y perfeccionadas a través de su estadía en ese mundo, habían
logrado fundirse con la mente de Timy a un nivel que ni el mismo alienígena
comprendía, y cuando sintió el peligro, ya era tarde.
Timy despertó con
parte de su rostro enterrado en la arena. No sabía cómo había llegado ahí. A su
alrededor un animal, seguramente un lagarto o una serpiente, había mudado su
piel, ya que encontró tiras rojizas de piel por todos lados. Se incorporó
lentamente y luego se dirigió al bosque; sentía una llamada apremiante, como si
alguien pidiera auxilio desesperadamente.

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