El
pequeño Timy observó al ser que levitaba frente a él con la concentración de un
erudito que estudia un gran proyecto. Esto incomodó a la criatura, que,
desconcertada, comenzó a retroceder, incapaz de dejar de sonreír.
Timy, quien no sabía que los demonios sonreían cuando experimentaban miedo o inquietud, se acercó a la criatura, procurando tomar una de sus manos, pequeñas y de dedos largos y uñas puntiagudas. El demonio intentó evitar el contacto, pero no pudo. En ese momento fue consciente de que algo lo había atrapado, y que el poder de aquella cría humana era más poderoso de lo que había previsto.
