EL ÚLTIMO LIBRO
Siento
que no es importante, al menos no ahora. Tal vez las generaciones futuras sabrán
qué hacer con esto. Está claro que nosotros no. Tal vez, en algún lugar (no
importa dónde o cuándo), alguien de con este diario y le sirva de algo.
Mi nombre no importa, pero puedes llamarme Eptionex (es el primer nombre que se me ocurrió). El asunto es que sé cuándo voy a morir, aunque no sé cómo. De todos modos, no importa. Por mucho tiempo me pregunté si iba a tener una muerte violenta o una serena; si iba a terminar mi existencia en un accidente de tránsito o en una cama de hospital. O bien padeciendo una enfermedad terminal, sufriendo durante meses, o tal vez años.
A
esta última posibilidad es a la que más temo, ya que eso implicaría un
sufrimiento prolongado, si tengo mala suerte, y créanme, suelo tenerla. Tal vez
pienses que podría matarme antes, terminar con mi vida por los medios que
encuentre. Pero no, no puedo hacerlo, nadie pudo hasta ahora. Estoy programado
para morir en la fecha que se me ha dado y eso es inamovible.
Muchos
en mi situación vivirán una vida desenfrenada, sabedores de que no van a morir
hasta que sea su hora. Muchos también adquirirán todo tipo de riquezas y lujos,
viajarán alrededor del mundo, endeudándose o endeudando a otros.
Una
vez se me ocurrió que si no hacía nada, que si vivía todos mis días igual que
cuando no sabía mi fecha de caducidad, vencería a este designio oscuro. Pero me
niego a creer en nada de eso; no creo que alguien o algo sepa de antemano todo
lo que pasará en mi vida, lo que me va a llevar a la muerte y cuál va a ser el
camino que seguiré. Simplemente alguien, en alguna parte, posee un botón de apagado,
y eso es todo.
Por
eso he decidido prescindir del tiempo. No sé en qué día vivo, ni siquiera el
año, aunque llevo mucho tiempo en este lugar alejado de todo y de todos, en
donde el paso del tiempo solo se mide por los amaneceres y las estaciones. Y aunque
al principio logré tener una idea aproximada de los meses y hasta de los años
transcurridos —ya que marqué las estaciones en el árbol solitario que se yergue
sobre la colina solitaria—, luego dejé de hacerlo. La última vez que intenté
contar los años llevaba tres inviernos viviendo acá. Pero ya ni sé cuánto hace
de eso.
Entré
en mi pequeña vivienda, un contenedor monoambiente fabricado con fibra de vidrio
y lana mineral. Tengo lo esencial para vivir, y muchos libros que me traje
desde muy lejos.
En
ese refugio provisorio que se convirtió en mi hogar, me senté y recordé el
primer libro que leí en este lugar. Era invierno y el frío se hizo insoportable,
por lo que pasaba mucho tiempo acostado, con un montón de sábanas encima. En un
principio pensé en llevar solamente mis preferidos, que volvería a leer una y
otra vez hasta que mi tiempo se agotara. Luego pensé que eso sería un
desperdicio, ya que me quedaban poco más de ocho años de vida, y me convencí
que debía vivirlos experimentando lo nuevo y recordando lo viejo. Había vivido
mucho tiempo repitiendo las cosas: monótonos días de trabajo, series y
películas, las mismas canciones; las mismas personas y las mismas conversaciones.
Claro
que podés decir que hay canciones y libros que valen la pena volver a sentir, y
en parte es cierto, solo que ahora no tenía mucho sentido. Y si bien me dio
pena no llevar El señor de los anillos, Flores para Algernon, Tokio blues o El
guardián entre el centeno, me quedaban mundos enteros por explorar. Algunos
libros de Levrero que jamás había leído, o clásicos como El gran Gatsby o Moby
Dick que, por uno u otra razón, había postergado para un futuro lejano que ya
no existe.
No
recuerdo cuando comencé a quemar los libros que iba leyendo. Tal vez desde el
primer día o la primera semana. Lo cierto es que algo en mí, una compulsión vehemente
que solo pude entender mucho tiempo después, empezó a dominar mis acciones. Y como una declaración de principios me convencí de que me iría bajo mis términos, y si para
ello debía mirar en una sola dirección lo haría hasta el final de mis días.
Por
supuesto que estaba siendo predecible, que este ser o entidad todopoderosa podía
ser omnisciente y que sabía de antemano todo lo que pensaba y lo que iba a
hacer. Lejos había quedado mi creencia de que era un sicópata con un botón de
apagado y un calendario. Creo que todavía pienso que es un viajero en el
tiempo, o al menos alguien que puede otear la eternidad. Supongo que es una
clase de experimento, o tal vez algo que escapa a nuestra comprensión.
Pero
a pesar de todo me negué a aceptar que este ser leía mi mente y conocía mis sueños
más profundos. Recuerdo que antes de abandonar la civilización se solía debatir
esto, sobre todo desde un punto de vista teológico, ya que desde que las
personas habían comenzado a conocer el día de su muerte, las religiones retornaron
del ostracismo al que se habían visto relegadas con un ímpetu descomunal.
También
surgieron nuevos cultos, de todo tipo. Todavía pienso que es un milagro que no
nos hayamos matado entre nosotros. Si bien hubo crímenes a mansalva, y se debió
instaurar un régimen totalitario, al menos en la Unión del Sur, lo cierto fue
que la humanidad sobrevivió a este nuevo paradigma de la vida.
Muchas
fueron las hipótesis, y los porqués detrás de el día final. Incluso se
crearon cursos de orientación que se dictaron en colegios y universidades de
todo el mundo, de modo que la humanidad asimiló y aceptó su nueva condición de
ser mortal con fecha de caducidad.
Sé
que no fui el primero en evadir el tiempo. Mi tía, quien iba a morir a los
treinta y cinco años, fue la primera persona que conocí en irse muy lejos, y
aunque en ese entonces era solo un niño, sus palabras me quedaron grabadas a
fuego:
—No
quiero que estos últimos meses me vean y sientan lástima, ni quiero verlos día
tras día mientras los míos se terminan. No quiero que intenten averiguar más
cómo va a pasar, eso me está volviendo loca.
No
sé qué habrán sentido los demás, pero yo me alegré por ella, ya que había sido
su decisión. Como luego de muchos años yo tomé la mía.
Pero
no todo está saliendo como lo esperaba. Admito que hace unas semanas presiento que
el día se acerca. En un primer momento fue un malestar, como el inicio de una
gripe. Luego mi mente enloqueció, y una y otra vez reviví momentos de mi vida
con una nitidez que me hizo comprender lo que estaba pasando. Experimenté una
impotencia y un odio tremendos, porque sabía qué al final no había logrado
engañar a quien quiera que estaba detrás de esto.
La
confirmación me vino al tercer día de este delirio, ya que como si un velo se
corriera, puede rememorar los días transcurridos desde ese 23 de agosto de
2032: el día que partí para no mirar hacia atrás nunca más.
Lo
que no entiendo es por qué nadie lo dijo; por qué nadie avisó de esto (a no ser
que sea el primero en experimentarlo, cosa que dudo mucho). No puedo reprimir
el rencor que siento hacia todas esas personas que ya no están, y en estos últimos
días me obsesioné por descubrir el porqué de ese silencio.
Camino
hacia la playa. El sol se ocultaba a mis espaldas, detrás del valle que se
elevaba hacia las montañas lejanas y frías. Miro por última vez el atardecer:
los últimos rayos, tibios y llenos de vida, se posan en mí como una caricia que
solo logro sentir ahora. Entonces lo entiendo: este es un momento tan perfecto,
tan íntimo, que no se puede compartir.
Abro
el pequeño libro: Tiempo de negros, de Julio C. Da Rosa, una nouvelle que me regalaron
cuando cumplí veinticinco, y que hasta hace unos días jamás había leído. Recuerdo
el momento exacto en cual Carla me lo dio.
Rio
y lloro al mismo tiempo. Siento alegría y tristeza, pero me obligo a leer las
últimas páginas del último libro. Después de todo, siempre supe cuándo iba a
llegar este día.

Excelente. Creo que ya estamos para "más".
ResponderEliminar