Las planillas grises eran del mismo tono que su piel y que sus ojos. A su lado emergía un hombre descomunal envuelto en un grueso albornoz, encajado en un enorme sillón de cuero, de expresión terrible y distante, con la mirada perdida en el calidoscopio del atardecer que el mar reflejaba sobre las paredes interiores del salón. Eran Samuel Nutkin, el contador de la Thunder Safety Company, y el mismísimo presidente de aquella compañía, Mr. K.W. Stone.
Sobre las largas paredes del loft,
se confundían las luces claras que entraban por el este y las tenues
provenientes del oeste, y durante una hora, Nutkin y Stone habían estado
bebiendo y charlado de nada en particular, luego de que Stone se mostrara
indiferente ante los balances que había ido a rendir el contador, quien a su
vez, para entonces se había puesto a admirar las piezas de arte que adornaban
el salón, hasta que su mirada se detuvo sobre una fotografía colocada en un
rincón. En ella estaba retratado Thunder, el fundador de la compañía, enorme
como una montaña coronada con la cabeza de un ídolo del Pacífico. Pero una
montaña - observó Nutkin - en silla de ruedas, y cuya mirada centenaria parecía
la de un niño avejentado, languideciendo a la luz de una insignificante fogata.
Junto a él, solemnemente, había un muchacho desgarbado cuyas orejas parecían
grandes debido a un mal corte de pelo, que inmediatamente a Nutkin le resultó
familiar. En la fotografía, Thunder tenía sus manos sobre un chal que le cubría
las piernas, y Nutkin apreció con claridad la correspondencia del diámetro
entre la muñeca de uno de los brazos de Thunder y el torso enchaquetado del
muchacho que posaba a su lado: el viejo podría atraparlo y aplastarlo con una
mano, como a una mosca, literalmente.
Había un gran parecido entre el
muchacho de la foto y Stone, y mirando prudencialmente al presidente, Nutkin
finalmente preguntó:
-
“¿Ese muchacho…?”
A su lado, Stone asintió.
-
Era
mil ochocientos cuarenta y ocho – dijo Stone – Mr. Thunder llevaba años
incapacitado y dependía de mí para casi todo
-
Creí
que había muerto mucho antes…
-
No.
Vivió hasta los ciento dos años – repuso Stone, entrecerrando los ojos.
-
¿Y
usted le servía en todo?
-
En
todo. Yo era sus manos, sus ojos, y su voz
Stone hizo una pausa que el contador
no se atrevió a interrumpir, y luego preguntó:
-
¿Le gustan las historias?
-
¿Las
historias? – inquirió Nutkin.
-
Quiero
decir, tengo la impresión de que usted no es un hombre que se sienta cómodo
fuera de sus… “asuntos” – reparó Stone, dejando caer pesadamente la mirada de
sus ojos plateados sobre los libros y las planillas del contable.
-
Me
han contado algunas historias – dijo Nutkin con indiferencia, aprovechando para
quitarse los estúpidos quevedos que usaba para leer, y ponerse a limpiarlos
mecánicamente con un pañuelo -. No tengo nada en contra de ellas.
Stone se apoltronó aún más en el
viejo sofá, entornando los ojos como si lo acometieran visiones surgidas de las
profundidades de los rincones, e inundando de pronto la penumbra del despacho
con su vozarrón aginebrado, comenzó a narrar lo siguiente, en una especie de
conjuro que a cada palabra hacía que la habitación pareciera desvanecerse y
Nutkin no pudiera quitar sus ojos de los de aquel gigante, cuyas pupilas
lechosas, como dos puntos difusos y lejanos, se fueron dilatando y cobrando
corporeidad hasta alcanzar el tamaño de dos personas envueltas en la neblina
que un mar empujaba hacia la costa, desde la que se veía como una aparición
fantasmal el mismo castillo Thunder pendiendo sobre el vacío. Con unos últimos
y certeros trazos las figuras se convirtieron en Mr. Thunder, y su protegido,
el joven Jinks.
-
…
está haciendo frío, Señor. Volvamos
Ayudado con su bastón, Thunder había
dado algunos pasos por la costa.
-
Señor…
-
Ya…
- replicó el viejo. Y emprendió el regreso moviéndose como si fuera a
desarmarse.
Jinks lo empujó en la silla hasta el
coche a unos metros de allí y luego condujo hasta el castillo.
Los últimos días había estado
gimiendo entre sueños y durante el desayuno una expresión melancólica dormitaba
aún en su rostro. Se había vuelto errático e iracundo y toleraba cada vez menos
las oposiciones a sus insólitos caprichos. Al mirarlo, Jinks pensaba en el
siglo que había transcurrido ante aquellos ojos cansados. El fin acechaba a Mr.
Thunder.
Sin embargo, Jinks aprendería que
los caprichos de ciertos hombres son más fuertes que la propia muerte.
Thunder tuvo un día un ataque de
tos, y al verlo, Jinks declaró:
-
Llamaré
mañana al doctor Noah.
-
No
necesito un doctor - renegó el viejo.
-
Pero
Señor…
-
No
necesito un doctor - repitió Thunder, hablando de pronto con extraña lucidez
-Necesito un viaje.
-
¿Un
viaje? - preguntó Jinks - ¿Adónde?
-
…
al Sur - dijo de nuevo el viejo, a bordo del vuelo que ya partía hacia América.
Era lo que había dado como toda
respuesta la última semana, cada vez que Jinks preguntaba por el destino de
aquella inesperada travesía. Mientras saltaban de un barco a otro, y de este a
un tren, o a un autobus; para cruzar las praderas, los ríos, y los desiertos,
hasta llegar lo más al sur que se podía llegar.
-
Al
Sur – repetía Thunder, incansable -… al Sur.
Ese último día había transcurrido
dentro del vagón de un tren, mientras un Jinks de apariencia trasnochada
recordaba cómo durante el trayecto había visto renacer y morir el paisaje a
través de la ventanilla, a medida que las vías atravesaban los meridianos y el
clima se sucedía de húmedo a seco y se volvía más frío e inhóspito.
En cada escala habían tomado rumbo
sur y el tren recorría ahora el desierto de la lejana Patagonia. Mientras Jinx
continuaba inmerso en sus pensamientos, Thunder parecía sentir un placer casi
indecente al mirar por la ventanilla el paisaje infinito. Los rasgos leoninos,
la melena blanca y la figura maciza hacían parecer al viejo un dios celta que
se perdía con la mirada en los dulces viñedos de la memoria. “Qué bello cielo”,
murmuraba de vez en cuando, y entonces Jinks volteaba y miraba él también por
un rato las estrellas, como piedras blancas en el agua clara del horizonte. Por
momentos lo asaltaba la ridícula sensación de que el viejo podía leer sus
pensamientos, y se estremecía cuando su mirada se encontraba con la del reflejo
de Thunder, observándolo desde la ventana con expresión misteriosa, para volver
luego a perderse otra vez en la lejanía, a perseguir visiones que flotaban
entre las matas, guarecidas en las cuevas ocultas de las liebres y las rocas
volcánicas.
El vaho de aquellas ensoñaciones se
volvía amargo cuando el tren se detenía. Entre sueños, Thunder soltaba
terribles juramentos que tronaban y caían sobre Jinks y sobre el tren, que se
sacudía entonces y volvía a ponerse en marcha, y los recuerdos se adormecían
tibiamente otra vez sobre su rostro, asaltado de vez en cuando por pensamientos
divertidos, como si un susurro indecente venido de afuera le hiciera cosquillas
en la pelusa del oído.
Cuando el tren inició su último tramo,
Thunder se incorporó.
-
Es
acá - dijo.
Estaban en medio de la nada.
-
¿Acá?
- preguntó Jinx en tono tembloroso, en parte por el frío, que por alguna razón
no parecía tener efecto sobre el viejo.
El tren reinició su marcha después
de que descendieran y se alejó rápidamente hasta casi desaparecer. La quietud
que los envolvió fue entonces sobrenatural. La meseta se extendió a uno y otro
lado como una mortaja desplegada a perpetuidad. Jinks vio cercanas las
estrellas que había tan solo sospechado desde el otro lado del mundo. Sobre los
durmientes flotaba una estela silenciosa dejada por el tren, y fuera de ella se
movía el viento como una locomotora colosal, pasada hace mil años.
- Señor
- dijo Jinks - dicen que aquí la noche
es muy fría.
- Solo
con los forasteros - dijo Thunder, y comenzó a caminar apoyado en su bastón.
Jinks cargó con algunas valijas y lo
siguió torpemente, tropezando con los arbustos y mirando de reojo cualquier
cosa que pudiera salir de ellos. Anduvieron
durante una hora estirada por el viento hasta la agonía, moviéndose con
dificultad y hablando poco, mientras se abrían paso a través de la marea
atmosférica del paisaje austral, hasta que avistaron las ruinas de un caserío
parecidas a los restos de una fogata hecha por gigantes.
-
¡Allí!
- gritó Thunder.
Pero el viento arrancaba y se
llevaba a cientos de kilómetros sus palabras. Jinks, a su lado, apenas podía
oírlo. El anegado asistente imaginó aquella conversación con el viejo disipada
a lo lejos, más allá del horizonte, como las voces de dos fantasmas hablando
desde un pasado próximo.
Al llegar al lugar señalado, Jinks
levantó rápidamente un pequeño campamento, mientras Thunder, agotado por la
caminata, cayó rendido en su silla, y dormitaba desde hacía una hora. Al verlo,
Jinks creyó asistir al final de aquel gran gentleman, de modo que montó la
cámara que llevaba en uno de los baúles, y se dispuso a sacarle una fotografía
en la que todavía reluciera algo de su dignidad. La cámara se accionó en el
preciso instante en el que Thunder abría sus ojos, tristemente, entre sueños,
frente al magro fuego que su protegido, erguido fielmente a su lado, había
encendido un rato antes. Tras ello, Thunder cayó en un profundo sopor del que
no pudo salir, a pesar de los intentos de un conmovido Jinks, que tras varios
minutos de forcejeo logró al menos arrastrarlo al interior del campamento y
recostarlo.
¿Qué locura era aquella? ¿Por qué
había venido a morir allí?, se preguntaba Jinks sin poder dormir, hasta que el
cansancio del viaje logró vencerlo también a él, justo antes del amanecer.
Al salir de la tienda cerca del
mediodía, halló vacía la silla de Thunder, a un costado. Convencido de la
imposibilidad de que hubiese despertado y abandonado el lugar, lo asaltó la
imagen del viejo siendo atacado durante la noche por las fieras, pero
inmediatamente pensó que no existiría un puma lo suficientemente grande y feroz
que le pudiera hacer frente a aquel imponente hombre. El desierto estaba
silencioso y se sintió inmensamente lejos de todo, mientras las últimas flamas
de la fogata bailaban en sus ojos humedecidos, extinguiéndose apresuradamente,
igual que su ánimo.
Pronto el viento comenzó a soplar
otra vez con fuerza, envolviendo el paisaje en una marejada furiosa de polvo,
ramas y greña, y cercenando el horizonte con sus aullidos, que por momentos
parecían los de alguien llamándolo a los gritos. Casi podía oír su nombre
mientras veía la trayectoria frenética de los desechos, pequeñas ramas y restos
de excursiones, que la corriente de aire arrancaba de la superficie y hacía
volar a lo lejos, como cometas a la deriva. Se sintió absurdo imaginando a
Thunder revoloteando en el cielo, entre envoltorios de comestibles arrojados
por turistas y raíces de arbustos lo suficientemente exánimes como para ya no
poder seguir aferrándose a la tierra. Y podía... ¡sí, podía verlo! Allí mismo,
al viejo, igual que un pequeño dirigible con traje sastre, yendo y viniendo
como si fuera la figura grotesca de un "colgante" celestial.
-
¡¿…
Cómo?! - gritó Jinks.
No podía creerlo. Y sin embargo,
allí estaba Thunder. Saludándolo, sonriendo al sol y haciéndole ademanes de
felicidad imposibles de descifrar. Era una extraña mariposa atrapada felizmente
en una parcela del cielo. De alguna manera, que no tenía explicación, Jinks comprendió
entonces que Thunder siempre había pertenecido a ese recóndito lugar. Que el
viejo e impedido lugarteniente de los negocios, a quien todos los días de su
vida había visto empotrado en el interior del castillo victoriano que habitaba,
como un dragón prisionero, era en realidad un espíritu etéreo, alguna clase de
hombre-colibrí (¡de nuevo!). Y que había realizado aquel extraño viaje para
finalmente volver… volver a volar.
-
A
mi regreso – dijo Stone, de nuevo en la oficina, reincorporándose lentamente en
el sillón, como si de pronto todo le volviese a ser familiar – los abogados de
la firma terminaron de rubricar el testamento de Thunder, quien dejó un extenso
manuscrito en el que exponía las circunstancias de su partida, y me transfería
las riendas de la Compañía, según su voluntad. Desde ese día dejé de ser aquel
joven asistente al que todos en broma habían apodado “Jinks”, y me convertí en
la mano que conduce el destino de la corporación.
Stone calló. Haciéndose un silencio
gélido en el ambiente.
Nutkin volvió a colocarse los
lentes, tras descubrir que se le habían caído durante el relato, sin que se
percatase. Miró por un momento a Stone, sin decidir bien qué decir, con una
sonrisa incrédula dibujada en los labios.
-
Es
solo un cuento – finalmente adujo, agregando en tono rogativo - ¿… no?
Desde lo profundo de su mirada, que
centelleaba en la cima de su persona coronada por aquella cabeza imponente,
Stone proyectó su gruesa sombra sobre el estremecido contador, y sentenció:
-
Necesito
un viaje.
cibernauta (VP) ilustró: Edaryl Marin
@cibernautablog @edarylmarin
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