jueves, 23 de abril de 2026

Volver a Volar

 Lejos de la city, al borde del mar, se alzaba sobre el mismo peñasco del que pendía, un añejo castillo escocés, construido alguna vez por un arquitecto que podía haber sido un poeta soñando con leviatanes de imposible geometría. En una de sus alas convertida en despacho, había un hombrecito en traje de negocios de aspecto deslucido, encogido como un duende, que pasaba sus ratoniles dedos sobre unos informes contables, recitando cifras en tono neutro, mientras unos macarrónicos anteojos sin armazón se le deslizaban continuamente hasta la punta de su desproporcionada nariz.

Las planillas grises eran del mismo tono que su piel y que sus ojos. A su lado emergía un hombre descomunal envuelto en un grueso albornoz, encajado en un enorme sillón de cuero, de expresión terrible y distante, con la mirada perdida en el calidoscopio del atardecer que el mar reflejaba sobre las paredes interiores del salón. Eran Samuel Nutkin, el contador de la Thunder Safety Company, y el mismísimo presidente de aquella compañía, Mr. K.W. Stone.

Sobre las largas paredes del loft, se confundían las luces claras que entraban por el este y las tenues provenientes del oeste, y durante una hora, Nutkin y Stone habían estado bebiendo y charlado de nada en particular, luego de que Stone se mostrara indiferente ante los balances que había ido a rendir el contador, quien a su vez, para entonces se había puesto a admirar las piezas de arte que adornaban el salón, hasta que su mirada se detuvo sobre una fotografía colocada en un rincón. En ella estaba retratado Thunder, el fundador de la compañía, enorme como una montaña coronada con la cabeza de un ídolo del Pacífico. Pero una montaña - observó Nutkin - en silla de ruedas, y cuya mirada centenaria parecía la de un niño avejentado, languideciendo a la luz de una insignificante fogata. Junto a él, solemnemente, había un muchacho desgarbado cuyas orejas parecían grandes debido a un mal corte de pelo, que inmediatamente a Nutkin le resultó familiar. En la fotografía, Thunder tenía sus manos sobre un chal que le cubría las piernas, y Nutkin apreció con claridad la correspondencia del diámetro entre la muñeca de uno de los brazos de Thunder y el torso enchaquetado del muchacho que posaba a su lado: el viejo podría atraparlo y aplastarlo con una mano, como a una mosca, literalmente.

Había un gran parecido entre el muchacho de la foto y Stone, y mirando prudencialmente al presidente, Nutkin finalmente preguntó:

-                 “¿Ese muchacho…?”

A su lado, Stone asintió.

-                Era mil ochocientos cuarenta y ocho – dijo Stone – Mr. Thunder llevaba años incapacitado y dependía de mí para casi todo

-                Creí que había muerto mucho antes…

-                No. Vivió hasta los ciento dos años – repuso Stone, entrecerrando los ojos.

-                ¿Y usted le servía en todo?

-                En todo. Yo era sus manos, sus ojos, y su voz

Stone hizo una pausa que el contador no se atrevió a interrumpir, y luego preguntó:

-                 ¿Le gustan las historias?

-                ¿Las historias? – inquirió Nutkin.

-                Quiero decir, tengo la impresión de que usted no es un hombre que se sienta cómodo fuera de sus… “asuntos” – reparó Stone, dejando caer pesadamente la mirada de sus ojos plateados sobre los libros y las planillas del contable.

-                Me han contado algunas historias – dijo Nutkin con indiferencia, aprovechando para quitarse los estúpidos quevedos que usaba para leer, y ponerse a limpiarlos mecánicamente con un pañuelo -. No tengo nada en contra de ellas.

Stone se apoltronó aún más en el viejo sofá, entornando los ojos como si lo acometieran visiones surgidas de las profundidades de los rincones, e inundando de pronto la penumbra del despacho con su vozarrón aginebrado, comenzó a narrar lo siguiente, en una especie de conjuro que a cada palabra hacía que la habitación pareciera desvanecerse y Nutkin no pudiera quitar sus ojos de los de aquel gigante, cuyas pupilas lechosas, como dos puntos difusos y lejanos, se fueron dilatando y cobrando corporeidad hasta alcanzar el tamaño de dos personas envueltas en la neblina que un mar empujaba hacia la costa, desde la que se veía como una aparición fantasmal el mismo castillo Thunder pendiendo sobre el vacío. Con unos últimos y certeros trazos las figuras se convirtieron en Mr. Thunder, y su protegido, el joven Jinks.

 

-                … está haciendo frío, Señor. Volvamos

Ayudado con su bastón, Thunder había dado algunos pasos por la costa.

-                Señor…

-                Ya… - replicó el viejo. Y emprendió el regreso moviéndose como si fuera a desarmarse.

Jinks lo empujó en la silla hasta el coche a unos metros de allí y luego condujo hasta el castillo.

Los últimos días había estado gimiendo entre sueños y durante el desayuno una expresión melancólica dormitaba aún en su rostro. Se había vuelto errático e iracundo y toleraba cada vez menos las oposiciones a sus insólitos caprichos. Al mirarlo, Jinks pensaba en el siglo que había transcurrido ante aquellos ojos cansados. El fin acechaba a Mr. Thunder.

Sin embargo, Jinks aprendería que los caprichos de ciertos hombres son más fuertes que la propia muerte.

Thunder tuvo un día un ataque de tos, y al verlo, Jinks declaró:

-                Llamaré mañana al doctor Noah.

-                No necesito un doctor - renegó el viejo.

-                Pero Señor…

-                No necesito un doctor - repitió Thunder, hablando de pronto con extraña lucidez -Necesito un viaje.

-                ¿Un viaje? - preguntó Jinks - ¿Adónde?

 

-                … al Sur - dijo de nuevo el viejo, a bordo del vuelo que ya partía hacia América.

Era lo que había dado como toda respuesta la última semana, cada vez que Jinks preguntaba por el destino de aquella inesperada travesía. Mientras saltaban de un barco a otro, y de este a un tren, o a un autobus; para cruzar las praderas, los ríos, y los desiertos, hasta llegar lo más al sur que se podía llegar.

-                Al Sur – repetía Thunder, incansable -… al Sur.

Ese último día había transcurrido dentro del vagón de un tren, mientras un Jinks de apariencia trasnochada recordaba cómo durante el trayecto había visto renacer y morir el paisaje a través de la ventanilla, a medida que las vías atravesaban los meridianos y el clima se sucedía de húmedo a seco y se volvía más frío e inhóspito.

En cada escala habían tomado rumbo sur y el tren recorría ahora el desierto de la lejana Patagonia. Mientras Jinx continuaba inmerso en sus pensamientos, Thunder parecía sentir un placer casi indecente al mirar por la ventanilla el paisaje infinito. Los rasgos leoninos, la melena blanca y la figura maciza hacían parecer al viejo un dios celta que se perdía con la mirada en los dulces viñedos de la memoria. “Qué bello cielo”, murmuraba de vez en cuando, y entonces Jinks volteaba y miraba él también por un rato las estrellas, como piedras blancas en el agua clara del horizonte. Por momentos lo asaltaba la ridícula sensación de que el viejo podía leer sus pensamientos, y se estremecía cuando su mirada se encontraba con la del reflejo de Thunder, observándolo desde la ventana con expresión misteriosa, para volver luego a perderse otra vez en la lejanía, a perseguir visiones que flotaban entre las matas, guarecidas en las cuevas ocultas de las liebres y las rocas volcánicas.

El vaho de aquellas ensoñaciones se volvía amargo cuando el tren se detenía. Entre sueños, Thunder soltaba terribles juramentos que tronaban y caían sobre Jinks y sobre el tren, que se sacudía entonces y volvía a ponerse en marcha, y los recuerdos se adormecían tibiamente otra vez sobre su rostro, asaltado de vez en cuando por pensamientos divertidos, como si un susurro indecente venido de afuera le hiciera cosquillas en la pelusa del oído.

Cuando el tren inició su último tramo, Thunder se incorporó.

-                Es acá - dijo.

Estaban en medio de la nada.

-                ¿Acá? - preguntó Jinx en tono tembloroso, en parte por el frío, que por alguna razón no parecía tener efecto sobre el viejo.

El tren reinició su marcha después de que descendieran y se alejó rápidamente hasta casi desaparecer. La quietud que los envolvió fue entonces sobrenatural. La meseta se extendió a uno y otro lado como una mortaja desplegada a perpetuidad. Jinks vio cercanas las estrellas que había tan solo sospechado desde el otro lado del mundo. Sobre los durmientes flotaba una estela silenciosa dejada por el tren, y fuera de ella se movía el viento como una locomotora colosal, pasada hace mil años.

-              Señor -  dijo Jinks - dicen que aquí la noche es muy fría.

-              Solo con los forasteros - dijo Thunder, y comenzó a caminar apoyado en su bastón.

Jinks cargó con algunas valijas y lo siguió torpemente, tropezando con los arbustos y mirando de reojo cualquier cosa que pudiera salir de ellos. Anduvieron  durante una hora estirada por el viento hasta la agonía, moviéndose con dificultad y hablando poco, mientras se abrían paso a través de la marea atmosférica del paisaje austral, hasta que avistaron las ruinas de un caserío parecidas a los restos de una fogata hecha por gigantes.

-                ¡Allí! - gritó Thunder.

Pero el viento arrancaba y se llevaba a cientos de kilómetros sus palabras. Jinks, a su lado, apenas podía oírlo. El anegado asistente imaginó aquella conversación con el viejo disipada a lo lejos, más allá del horizonte, como las voces de dos fantasmas hablando desde un pasado próximo.

Al llegar al lugar señalado, Jinks levantó rápidamente un pequeño campamento, mientras Thunder, agotado por la caminata, cayó rendido en su silla, y dormitaba desde hacía una hora. Al verlo, Jinks creyó asistir al final de aquel gran gentleman, de modo que montó la cámara que llevaba en uno de los baúles, y se dispuso a sacarle una fotografía en la que todavía reluciera algo de su dignidad. La cámara se accionó en el preciso instante en el que Thunder abría sus ojos, tristemente, entre sueños, frente al magro fuego que su protegido, erguido fielmente a su lado, había encendido un rato antes. Tras ello, Thunder cayó en un profundo sopor del que no pudo salir, a pesar de los intentos de un conmovido Jinks, que tras varios minutos de forcejeo logró al menos arrastrarlo al interior del campamento y recostarlo.

¿Qué locura era aquella? ¿Por qué había venido a morir allí?, se preguntaba Jinks sin poder dormir, hasta que el cansancio del viaje logró vencerlo también a él, justo antes del amanecer.

Al salir de la tienda cerca del mediodía, halló vacía la silla de Thunder, a un costado. Convencido de la imposibilidad de que hubiese despertado y abandonado el lugar, lo asaltó la imagen del viejo siendo atacado durante la noche por las fieras, pero inmediatamente pensó que no existiría un puma lo suficientemente grande y feroz que le pudiera hacer frente a aquel imponente hombre. El desierto estaba silencioso y se sintió inmensamente lejos de todo, mientras las últimas flamas de la fogata bailaban en sus ojos humedecidos, extinguiéndose apresuradamente, igual que su ánimo.

Pronto el viento comenzó a soplar otra vez con fuerza, envolviendo el paisaje en una marejada furiosa de polvo, ramas y greña, y cercenando el horizonte con sus aullidos, que por momentos parecían los de alguien llamándolo a los gritos. Casi podía oír su nombre mientras veía la trayectoria frenética de los desechos, pequeñas ramas y restos de excursiones, que la corriente de aire arrancaba de la superficie y hacía volar a lo lejos, como cometas a la deriva. Se sintió absurdo imaginando a Thunder revoloteando en el cielo, entre envoltorios de comestibles arrojados por turistas y raíces de arbustos lo suficientemente exánimes como para ya no poder seguir aferrándose a la tierra. Y podía... ¡sí, podía verlo! Allí mismo, al viejo, igual que un pequeño dirigible con traje sastre, yendo y viniendo como si fuera la figura grotesca de un "colgante" celestial.

-                ¡¿… Cómo?! - gritó Jinks.

No podía creerlo. Y sin embargo, allí estaba Thunder. Saludándolo, sonriendo al sol y haciéndole ademanes de felicidad imposibles de descifrar. Era una extraña mariposa atrapada felizmente en una parcela del cielo. De alguna manera, que no tenía explicación, Jinks comprendió entonces que Thunder siempre había pertenecido a ese recóndito lugar. Que el viejo e impedido lugarteniente de los negocios, a quien todos los días de su vida había visto empotrado en el interior del castillo victoriano que habitaba, como un dragón prisionero, era en realidad un espíritu etéreo, alguna clase de hombre-colibrí (¡de nuevo!). Y que había realizado aquel extraño viaje para finalmente volver… volver a volar.

 

-          A mi regreso – dijo Stone, de nuevo en la oficina, reincorporándose lentamente en el sillón, como si de pronto todo le volviese a ser familiar – los abogados de la firma terminaron de rubricar el testamento de Thunder, quien dejó un extenso manuscrito en el que exponía las circunstancias de su partida, y me transfería las riendas de la Compañía, según su voluntad. Desde ese día dejé de ser aquel joven asistente al que todos en broma habían apodado “Jinks”, y me convertí en la mano que conduce el destino de la corporación.

 

Stone calló. Haciéndose un silencio gélido en el ambiente.

Nutkin volvió a colocarse los lentes, tras descubrir que se le habían caído durante el relato, sin que se percatase. Miró por un momento a Stone, sin decidir bien qué decir, con una sonrisa incrédula dibujada en los labios.

 

-          Es solo un cuento – finalmente adujo, agregando en tono rogativo - ¿… no?

 

Desde lo profundo de su mirada, que centelleaba en la cima de su persona coronada por aquella cabeza imponente, Stone proyectó su gruesa sombra sobre el estremecido contador, y sentenció:

 

-          Necesito un viaje.




cibernauta (VP)            ilustró:  Edaryl Marin

@cibernautablog                      @edarylmarin


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