Una brisa otoñal envió directo a mi rostro un olor nauseabundo que me provocó arcadas. Era algo que conocía demasiado bien: carne en descomposición. Salí al patio, y el hedor fue insoportable. Me asomé al terreno del vecino y lo que vi me llenó de un pavor que me impidió realizar cualquier movimiento.
El tipo se hallaba partido a la mitad. Literalmente. Sus tripas y
demás órganos yacían en medio de un charco de sangre coagulada, mientras dos
perros raquíticos se gruñían y se disputaban sus restos. Antes de huir del
lugar pude ver sus ojos, abiertos y secos. Apuntaban al cielo, como una última
súplica a un dios ausente.
Corrí en dirección a la calle, supongo que intentando localizar
a alguien para denunciar aquel terrible hallazgo. Pero lo que encontré al abrir
la puerta me hizo tambalear. Las piernas no me respondieron, y quizás fue eso
lo que me salvo la vida.
Caí sobre mis rodillas en el mismo instante en el que
escuché el zumbido. Algo pasó muy cerca de mi cabeza, casi rozándola. Quise
correr; huir a mi cuarto y esconderme debajo de mi cama, como cuando tenía
cinco años. Pero un instinto primigenio me mantuvo inmóvil, advirtiéndome que
el peligro aún no había pasado.
No moví ni un músculo, intentando captar hasta el sonido más
insignificante. Ahí estaba el peculiar y amenazante zumbido. Supuse que eso,
fuese lo que fuese, era el causante del baño de sangre que acababa de ver en
las calles. Cuerpos que una vez fueron mujeres, hombres y niños yacían
mutilados por todas partes. Cuando el zumbido por fin se alejó, me moví,
lentamente. A gatas me dirigí al interior de mi casa. Fue entonces cuando
comencé a temblar y a sollozar incontroladamente.
No sé cuánto tiempo estuve acurrucado en ese rincón del
comedor, simplemente recostado contra la pared, temblando como si ese fuese mi
estado natural. Luego de un tiempo presentí que algo se acercaba. Y como si mi
pensamiento lo hubiese llamado, el amenazador zumbido se acercó cada vez más.
Al mismo tiempo me di cuenta que un evento singular estaba
sucediendo ante mis ojos. El piso se transformó en algo blando y flexible, convirtiéndose
en un remolino que se hundió en lo más profundo de un océano de baldosas rojas
y amarillas, que parecieron estirarse hasta el infinito. El suelo cedió, y una
fuerza titánica comenzó a arrastrarme hacia un abismo que mi mente aún no podía
aceptar.
Caí dando vueltas. Lo último que recuerdo antes de quedar
inconsciente es un sentimiento de pérdida que se me quedó atorado en la
garganta, como una terrible angustia. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por aquel torbellino infernal que parecía no tener fin.
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