Entre todos los mortales, uno lloraba. Entre lamentaciones exigía saber la verdad de sus pesadillas. Los sabios no mostraron interés ni los dioses algo de compasión por su desdicha. En toda su vida jamás sufrió como ahora, cuyo viejo y frágil cuerpo no mejoraba nada su calvario. Siguió sufriendo cada noche y clamando por una respuesta cada día. No dejaba de sollozar por los tumultuosos sueños que llegaban cuando trataba de descansar después de arduas horas.
Parecía que hasta estaba condenado, como si estuviese en el mismísimo Tártaro pagando por sus pecados; Pero entre la oscura infinidad que se asienta cuando cae la luz de Helios, más allá del poder de los dioses y entre todos los oscuros, uno escuchó sus lamentos. Cayó cual cometa, solo visible para lo más poderosos ojos de Grecia, una de las amalgamas del sueño, gigantesca e indiferente hasta de los olímpicos, cubrió la tierra sin delatarse y se movió como el viento hasta el origen de los ruegos.
Bajo las estrellas, no tardó el mortal en saber que ya no estaba solo en su hogar y apenas tomando control de sus manos entre todo el pánico, encendió una pequeña llama, cuya luz no podía alumbrar toda la inmensidad del vacío final. Entre la nebulosidad el ente oscuro se manifestó, revelando extraños ojos azules, un rostro semi-humano pero cuyo cuerpo sobrepasaba los límites físicos.
Asustado y temeroso, se pasmó al escuchar la presentación de su huésped "Mortal, tu haz llamado y yo he respondido, soy Morfeo". El anciano, usando apenas sus conocimientos, replicó con temor "¿Estoy soñando?" y como respuesta, obtuvo un no. Morfeo entonces preguntó "¿Deseas saber la razón de tus pesadillas, mortal?" a lo que el hombre, al pensarlo, afirmó con lentitud. El ente desapareció de su limitada vista y exclamó "Entonces apaga la llama, mortal, que la verdad te mostraré.
¡pero quedo prendido al final! Como inicio de un cuento, está estupendo. Al comienzo nomás usaría menos adjetivos.
ResponderEliminar