Es uno de los cuentos más conocidos de Robert Silverberg, que es a su vez uno de los mayores referentes de la ciencia ficción new wave. Lo que hace de este relato una excelente tarjeta de presentación y entrada al subgénero, pudiendo apreciarse varios de los elementos típicos de esa variante de la ciencia ficción (que es la que nos ocupa en nuestro grupo de whatsapp, a partir del cual fue creado este blog) conteniendo asimismo algunos rasgos característicos de la obra de su autor: la mirada crítica y filosófica, la ausencia parcial o total de tecnología y el foco puesto en lo humano y lo psicológico. Está escrito de manera ágil, por medio de imágenes y diálogos precisos, con buena economía de recursos y una cuota de humor.
En principio está el tema del ecologismo, que en apariencia es el tema del cuento y la preocupación de sus personaje, quienes llegan a la Tierra milenios luego del colapso medioambiental del planeta en un intento por volver a hacerlo habitable. Sin embargo lo que a priori pareciera la clásica advertencia acerca de la destrucción del mundo proveniente del futuro, a medida que avanza el relato se va revelando como una forma de entender ese pasado y destrucción, como otra cosa, al menos desde la perspectiva del protagonista.
Pronto se nos invita a verlo todo desde la óptica del protagonista narrador, alguien que si bien es humano, demuestra sin embargo tener un concepto del ecologismo que quizás no es el mismo que podríamos tener nosotros, personas del siglo 20, ya que después de todo proviene de otra época y otro planeta y probablemente no comprenda realmente lo que hayan sido los derrames de petróleo, la deforestación, la extinción de especies y la contaminación radiactiva. A eso se suma que posee su propio sistema de valores, su punto de vista personal, sus creencias, sus sospechas y sus preocupaciones, lo que hace que a veces recree en su mente lo que fue la Tierra de manera inexacta y a hasta absurda, pero otras veces, la conciba de un modo que nosotros no la podríamos comprender.Es donde se empieza a jugar con la idea de la destrucción como una forma de arte, algo a lo que J. G. Ballard, el otro gran referente del género, le ha dedicado libros enteros. Una destrucción en la que a fin de cuentas hay belleza, y también razón. Como lo plantea un meme en internet recientemente visto: una máquina puede destruír el mundo y también imitar el arte, peo no se puede suicidar. Quizás ese acto de auto aniquilación, casi inconsciente, sea el único y posible rasgo humano (otra vez, Ballard). “El planeta –dice el cuento – no necesita del hombre”, ni para morir ni para renacer, el hombre solo acelera un proceso que es natural. Escrito como una especie de bitácora, no se nos da a conocer mucho acerca de esos nuevos hombres que regresan para re colonizar el mundo en el que se originó nuestra especie, pero ellos a su vez tampoco alcanzan a conocer del todo ese otro mundo de los hombres antiguos, que somos nosotros. Aún así el protagonista lo intuye, como un arqueólogo parado frente a una pintura rupestre, observa las auroras que produce el metano en la atmósfera envenenada y siente que de algún modo él y nosotros nos tocamos, y comprende que quizás al igual que el arte, la humanidad es una distorsión de la vida, una interrupción de lo natural.
Completamente de acuerdo con este análisis, cierto es que profundizar en un tema secundario permite destripar más una obra y hacerse con el tuétano, complementando el entendimiento de la misma.
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