La vida no es una línea recta, sino un río que serpentea entre los mundos, llevando las almas de aquellos que amamos.
Me llamo Lucio Flaminio. Soy un cristiano dorado, nacido en Marte bajo los desiertos terraformados y los cielos rojizos.
Mi piel roja y mis ojos amarillos me identifican como un nativo e hijo de la adaptación al polvo marciano, pero mi fe es un legado que viene de la Tierra. Rezo a San Roque, protector de los animales y de los enfermos, y lo hago desde que mi perro, Rómulo, llegó a mis días y me enseñó el valor de la lealtad y la ternura.
En la sociedad marciana, figuras como San Apolonio de Marte, el antiguo Apolonio Serveto, alias Adriano XIII, son referentes culturales; fue un mártir de la fe contemporánea, cuya vida inspira debates, libros y cantos. Pero yo no lo venero; lo respeto como parte del paisaje intelectual de nuestro tiempo.
Hace dos lunas, Rómulo murió a causa de un avanzado osteo sarcoma que reventó su rodilla, en las afueras de Nueva Macedonia. Lo enterré bajo un cactus atahuasco, siguiendo las plegarias que aprendí desde niño:
—Que el cuerpo vuelva al polvo, y el alma al resplandor que nunca muere.
Desde entonces, mis noches han sido inquietas. Hasta que una madrugada, lo soñé:
El Valle de Eos, con su río que arrastraba algunos desperdicios de basura humana, habia junto al agua un zorro gris bebiendo. Al verme, huyó. Sin embargo, a su lado, había un cachorro mestizo me observaba con ojos llenos de duda y nostalgia. Intenté llamarlo:
—Ven… no temas…
El zorro huyó, pero el cachorro se quedó inmóvil, mirándome como si recordara algo olvidado.
Desperté con el corazón latiendo desbocado. Supe que debía ir al valle.
Al amanecer, emprendí el viaje hacia Eos, llevando mi cruz de hierro, agua, mi biblia y el libro de enseñanzas culturales sobre San Apolonio de Marte en un par de libros holográficos, solo para recordarme que la historia nos conecta aún cuando la fe nos guía de manera íntima. Mientras caminaba entre dunas y acantilados, recité en voz baja la oración a San Roque:
—San Roque, protector de los peregrinos y los animales, acompaña mi paso, guía a los que perdí, y haz que sus almas no olviden el amor que les dimos.
Tras tres días de marcha, el valle se desplegó ante mí. El río brillaba. Habían algunos residuos de basura a la orilla del otro lado del río. Y allí estaba.
Había un zorro gris que bebía del agua, y a su lado, estaba el mismo cachorro con el que soñé.
Me arrodillé y lo llamé.
—Rómulo… —susurré—. ¿Eres tú?
El zorro gruñó suavemente mientras vigilaba al pequeño can. El cachorro dudó, pero luego dio un paso, y otro.
—No temas —le dije—. El amor no muere. Solo cambia de forma.
El pequeño se acercó, olfateó mi mano y apoyó la cabeza en mis rodillas. Era él. Lo supe sin dudar. Rómulo había renacido en otro cuerpo, con su característica fidelidad como siempre.
Lloré, pero no de tristeza, sino de gratitud.
El zorro nos observaba en silencio, comprendiendo que quizás había presenciado un milagro de fidelidad y memoria. Tal vez, aquel zorro, era un ángel de la guarda, cuidando a mi pequeño.
Pronto, el sol comenzó a ocultarse y el cachorro volvió a mirar hacia la espesura de los matorrales del desierto donde el zorro lo esperaba. Se marcharon juntos. No los seguí. Comprendí que el milagro no estaba en retenerlo, sino en ver que la vida continúa transformada, pero intacta.
Miré hacia el horizonte, con la fe intacta, y recité otra vez:
—San Roque, gracias por enseñarme que la vida es más fuerte que la muerte, y que el amor verdadero siempre encuentra su reflejo.
Los cristianos dorados somos pocos, y nuestras plegarias son discretas. Sé que nuestra fe llegó hasta los confines más lejanos de las lunas de Júpiter
Y San Apolonio de Marte es respetado como un intelectual y mártir. Pero yo, Lucio Flaminio, sigo mi devoción a San Roque, pero principalmente, al Dios padre.
Mientras hayan almas que nos recuerden, Dios seguirá vivo. Y yo, seguiré caminando, rezando por los que perdí y por los que aún esperan, sabiendo que cada vida, cada alma, deja una huella en el universo que nunca se olvida.
T.M. Vílchez
Recién comentamos en el chat que este universo que has presentado da para mucho más. Si dependiera de mí escribiría algunos cuentos, utilizando el mismo personaje, tal vez en diferentes etapas de su vida y luego saltar cronológicamente a otra generación. No sé, es una idea nomás. El cuento me pareció interesante, sobre todo desde el punto de vista de la fe, y de cómo el protagonista cree en su dios y a las otras creencias las toma como lago folclórico, si se quiere. Eso fue lo que me pareció más interesante. Como dije, espero leer más sobre este mundo.
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