CABALLEROS EN EL FIN DEL UNIVERSO
Hace eones, antes que la galaxia que acunase al sistema solar apareciese existió un príncipe, el príncipe Gouyud VII, heredero de las mil galaxias del Imperio Áureo, Gran Duque de Andrómeda, su raza y su estirpe fueron seres de enorme poder, tal era su condición que solo podían ser considerados dioses. Las hazañas imposibles de creer que él junto a su guardia pretoriana de caballeros primordiales le ganó incontables laureles y un número mayor de enemigos, una de ellas fue la Bruja Entrópica de Centaurus; esta bruja lanzó un poderoso hechizo sobre la prometida del príncipe, los grandes sabios del imperio le indicaron al príncipe que para romper tal hechizo debería viajar al corazón del universo donde hallaría el fruto de la vida eterna, y así dio comienzo a su aventura y su leyenda.
Gouyud junto a sus caballeros
de fulgurantes armaduras y poderosas armas de guerra que manipulaban con sus
cuatro manos partieron en una magnífica nave espacial que rompía el
espacio-tiempo con su quilla de singularidad, navegaron por el cosmos
esquivando piratas y reinos enemigos, buscaron llegar al corazón del universo,
en donde todo inició y donde todo terminará, donde las galaxias nacieron y a
donde irán a morir tras infinitas eras. Un viaje peligroso a regiones arcaicas
donde el tiempo mismo ha envejecido y la realidad colapsa bajo su propia
gravedad, nadie hubiera hecho tal viaje, pero Gouyud se vio en la obligación,
su prometida agonizaba y yacía en un estanque de estasis temporal, no vivía, ni
moría, más existía todavía. Gouyud sentía como sus corazones se apretujaban al
recordar a su prometida sus escamas iridiscentes y sus colmillos de blanco
marfil, su esbelta y larga cola y sus muslos gruesos la hacían lucir como una
figura divina, una diosa de la fertilidad y la pasión, una deidad por la cual
matar y por la cual morir.
Tras semanas de un viaje arduo
la nave empezó a ralentizarse, no se le acabó la energía pues su motor era una
enana blanca contenida en un campo magnético, no se quebró su proa, pues esta
era de acero adiamantado forjado en una sacra supernova, no, no era nada
material lo que detenía a aquel poderoso navío cósmico, simplemente ya no había
tiempo, ni espacio que pudiera atravesar, habían llegado al vacío y más
adelante les esperaba el anti-tiempo y el anti-espacio. Por fin la nave encalló
en el vacío más absoluto, más allá de ese vacío se vislumbró una fortaleza en
la lejanía, muros de antimateria, unas ciclópeas murallas sólidas de
configuración aparentemente aleatoria, constantemente cambiantes.
—¡Henos aquí, camaradas!
Muchos han dicho que irían al fin del mundo por amor, pero aquí estoy, el único
insensato que es capaz de ir al fin de la existencia por amor. — Expresó Gouyud
VII.
Con su armadura de neutrinos
saltó hacia la playa de materia negativa, frente a lo desconocido suspiró
ahogando sus miedos con oxígeno artificial; revisó sus cimitarras de filo
atómico y preparó su carabina de entropía.
—No tema, mi señor, marchamos
con usted— profirió Alyadivia, campeón del reino, manejaba su martillo de
inercia variable con maestría y su cañón de gravitones con el cual comprimía
continentes en segundos.
—Su destino es nuestro
destino, su excelencia— mencionó Alkhar, prodigioso hechicero, su magia de
escudos electromagnéticos eran intraspasables y sus impulsos magnéticos hacían
cualquier objeto imparable.
Por detrás las hermanas
escuderas, Kuat, asienten ante la declaración, Kawya, la hermana mayor de
fuerza descomunal es capaz de juntar los átomos con sus propias manos y con su
rifle de plasma derrite cualquier materia; y Dyefa, la hermana menor que con su
sola presencia envenena con radiación a sus enemigos y con su rifle de agujas
divide los átomos creando hecatombes nucleares.
El príncipe elevó sus brazos
izquierdos en un puño —¡Por ti, Zuzara! ¡Por ti y por la continuidad de nuestra
estirpe!
El grupo marchó con la guardia
en alto, listos para la batalla, cruzaron el arco de la fortaleza hacia el
interior, sus pasos produjeron anti-ruido, un silencio penumbroso que se esparció
por ningún lado hacia el infinito. Enormes alamedas de formas imposibles y
dimensiones infinitas se desplegaron frente ellos, Alkhar marchaba al frente,
tras un tiempo indeterminado de transitar un camino inmedible se distinguieron
figuras amorfas que se alinearon a los costados, criaturas que aparentemente
representaban a los señores de aquellas tierras, formas imposibles para
cualquier ser viviente, masivos, cambiantes y cristalinos. Tan irreconocibles
que el pecho de los héroes se estremeció apretando sus dos corazones
reptilianos, sus sentidos incapaces de receptar nada que fuese comprensible
crearon un sentimiento de desasosiego, definitivamente ya no estaban en reinos
materiales.
Una puerta lúgubre hizo
aparición, rostros informes se movían en ella, ojos de varios colores de mil
formas y diversas formas de bocas babeantes emergían y se hundían como si fuese
una fuente vertical de alquitrán, gemían en frecuencias tenebrosas, más allá de
lo mundano y lo divino.
—¡Por la gracia de Gouyud el
primero! ¿Qué hechicería pérfida es esta? — Alyadivia vio con repulsión, la
bilis amarga se revolvió en sus cuatro estómagos.
—Solo un pequeño obstáculo—
expresó el hechicero del grupo igual o más asqueado que su compañero.
Alkhar tomó una de las saetas
guardada bajo la túnica púrpura que cubría su armadura, desde sus guanteletes
produjo un campo electromagnético que aplicó una gran potencia al objeto, al
liberar toda aquella energía la saeta fue impulsada a una velocidad fuera de
cualquier magnitud, impactó contra la puerta derruyendo su no materialidad,
deslindando las cadenas primordiales que la mantenían unida y sólida. Los
gemidos se convirtieron en aullidos atronadores que reverberaron en todas las
realidades, las realidades materiales, las inmateriales y las antimateriales;
las crestas de los héroes se encresparon y sus corazones palpitaron con
fiereza, el miedo amenazaba con deshacer su valor.
Gouyud desenvainó su cimitarra
y dio un paso al frente —No daremos ni un paso atrás, desde ahora solo hacia
adelante.
Tenía una misión autoimpuesta
más importante que su propia vida, los caballeros siguieron a su señor y continuaron
con decisión hacia las profundidades desconocidas. El tiempo fluctuaba frente a
sus ojos, objetos de uso irreconocible y seres de forma tenebrosamente variable
envejecían y rejuvenecían, se oxidaban hasta arder o convertirse en herrumbre,
se pudrían desecándose o convirtiéndose en una masa putrefacta acuosa solo para
después reformarse en dirección opuesta, órganos singulares vuelven a palpitar
y funcionar, consiguiente se regeneraban las células musculares y aquellas
criaturas no solo volvían a vivir si lo hicieron alguna vez, si no que
siguieron rejuveneciendo hasta llegar a un feto igual de amorfo y vomitivo,
hasta que por fin desaparecían como si nunca hubieran nacido y volvían a
repetir el ciclo infinitamente. Esto fue un golpe psicológico para los héroes,
su especie tan avanzada y evolucionada no conocía la muerte, ni la decadencia,
de vida eterna como infinito podía llegar a ser su poder, no enfermaban debido
a su sangre llena de glóbulos blancos especializados y sustancias antibióticas,
dos corazones y dos masas encefálicas les permitían sobrevivir a heridas
terribles el tiempo suficiente para que se regenerase lo perdido sea de forma
natural o con sus máquinas prodigiosas. Con todas aquellas sorprendentes
cualidades que poseían se vieron sobrecogidos con la existencia de tales
criaturas capaces de pasar de la no existencia a la vida, luego a la muerte,
solamente para resucitar y volver a la no existencia con la misma facilidad que
quien parpadea; en aquellas tierras fuera del tiempo la razón era irracional,
fuera de toda comprensión, buscarle un sentido llevaría a cualquier ser cuerdo
a una espiral de locura.
Dyefa sintió como sus pulmones
se vaciaban, no podía evitar contener el aliento al observar tales fenómenos,
no obstante, profirió con serenidad —Aquí enfrentaremos la muerte, hermana.
—Aquí como allá, no hay
verdadera importancia el lugar en el cual se enfrenta uno a la muerte, lo que
cuenta es porque se le encara— Kawya mantuvo sus pensamientos en calma y sus
sentidos atentos.
Se escuchó un rugido
fantasmagórico que caló a través de las armaduras hasta el tuétano de sus
huesos endurecidos con carbono, una bestia del reino de la antimateria, tan
alto como una montaña, de hombro a hombro habrían diez kilómetros, de su lomo
crecían crestaciones fungiformes en dos hileras paralelas que nunca llegaban a
tocarse, sus colmillos descomunales chorreaban veneno multidimensional; los
guerreros, a penas más pequeños que aquella monstruosidad tomaron posición con
sus escudos al frente y sus armas apuntando.
—No teman, camaradas— profirió
Alkhar, siempre al frente, siempre combativo y activo.
Confiado en su poder, en el
adiestramiento místico y arcano de los grandes maestros y sabios del imperio, en
su experiencia milenaria de luchar contra aberraciones del orden material,
dioses de otras dimensiones y apariciones sobrenaturales; preparó otra de sus
saetas, su oponente se quedó inmóvil, los miraba inquisitivamente con sus
incontables ojos. Alkhar impulsó su saeta como ya había hecho incontables veces
antes, aunque, ocurrió algo que nunca le había pasado, la saeta traspasó a la
criatura como si hubiese sido un holograma, como si no existiese en aquel plano
dimensional.
Alkhar quedó anonadado, los
músculos de sus piernas se endurecieron como el acero, su espalda se encorvó y
con ademanes de sus manos forjó un escudo electromagnético; el hechicero
percibió que ese titán se preparaba para embestir, la masiva masa de la bestia
se precipitó hacia él, chocaron estrepitosamente, el escudo no duró, cedió al
instante y la bestia se detuvo al golpear contra el hechicero. Se volvieron
uno, sus cuerpos se fusionaron, se hincharon grotescamente, emulsionaron y
gritaron guturalmente de dolor hasta desaparecer en un vaho hirviente ante la
mirada insólita de sus compañeros paralizados al presenciar el horror, no quedó
nada, se anularon efectivamente de la existencia.
Alyadivia aturdido y afligido se
arrodilló en el lugar que su amigo se desvaneció, si sus ojos hubieran podido
llorar habrían creado incontables ríos —Que el Gran Gouyud, el primero, padre
de todos nosotros y la Gran Haya, la primera, progenitora de nuestra estirpe te
reciban en el reino ulterior, pues tu sacrificio merece todas las recompensas.
—¡Fuimos testigos de tu valor!
— respondieron en coro los demás caballeros, también se arrodillaron y
suplicaron por el alma de su caído.
No tenían mucho tiempo para
consolar sus corazones, debían seguir, anduvieron cabizbajos, debilitados por
la falta de su compañero, siempre habían sido los cinco, desde el principio y
el destino de uno sellaba el destino de los demás, supieron desde entonces que
les esperaba la muerte dentro de aquellas tierras extrañas.
Las alamedas extensas y los
caminos claramente perceptibles terminaron y en su lugar aparecieron curvas
pronunciadas, caminos elípticos y en espiral, de los muros germinaron cilios y
flagelos gomosos que tuvieron que atravesar con la espada de Gouyud VII,
penetraron durante horas, su espada se manchó con la sangre que emanaba de toda
herida producida por cada movimiento certero y cada estocada potente. Pronto un
nuevo obstáculo se les presentó, un estrecho camino por el cual sus
descomunales dimensiones eran incapaces de transitar.
—Esto es algo de lo que yo puedo
encargarme—dijo Alyadivia, al preparar su cañón.
Con un disparo los muros se
comprimieron hasta volverse una esfera ultradensa que hundió el terreno bajo
ella, y así con cada disparo hasta crear el espacio suficiente para cruzarlo.
Alyadivia recordó los tiempos con su amigo Alkhar, cuando doblegaban los
cuerpos celestes, desviaban asteroides contra planetas por diversión, anulaban
los campos electromagnéticos de mundos hostiles y los dejaban a merced de las
tormentas solares. Al estar inmerso en sus memorias se quedó un poco atrás del
grupo, cuando fue sorprendido por un tirón que lo llevó de espaldas al suelo,
cuando pudo incorporarse siguió siendo halado por una fuerza invisible, una
enorme boca imposiblemente abierta aspiraba con una fuerza negativa
inigualable.
—¡Alyadivia! — gritó Gouyud
con toda intención de correr a salvar a su amigo.
—¡No! ¡Siga adelante, mi
señor! ¡Ni un paso atrás! — Alyadivia tomó su martillo y lo activó creando una
inercia infinita, dejó de moverse, pero la boca que no dejaba escapar ni
siquiera la luz que absorbía no iba a dejarlo escapar —¡ATESTIGUAD UNIVERSO!
¡AQUÍ UN CABALLERO ENFRENTA SU DESTINO SIN AMEDRENTARSE!
Gouyud y sus escuderas
saludaron el honor y el sacrificio del guerrero, apartaron la vista y
regresaron a su camino, levantaron la cabeza, retaron al destino que les
esperaba al final del camino, solo desearon enfrentar la muerte con la misma
convicción que su camarada.
La inercia del martillo se
desactivó, Alyadivia usó la fuerza de la boca para ganar impulso en un salto
fuera de toda posibilidad, y al darle impulso al martillo reactivo la inercia
del objeto logró terminar atrás de aquella bestia voraz; levantó su arma lo más
alto posible y la dejó caer con toda la fuerza de sus cuatro brazos y la
inercia al completo que existe en la realidad. La boca fue aplastada, crujió y
blasfemó en lengua irrepetible al estamparse y partirse en el suelo, el sabor
de la victoria fue efímero, de los restos renacieron más bocas, más pequeñas en
tamaño, pero igual de poderosas que la boca grande, así fue como murió
Alyadivia, aferrándose a su martillo con todas sus fuerzas, extremidad, por
extremidad le fue arrancada en todas direcciones, se mantuvo callado, soportó
el dolor, no le dio la satisfacción al destino, recibiría la muerte como un
igual, no como una víctima.
—Bienaventurado aquel que
entrega su vida por el bienestar de otros— declaró Gouyud, sus palabras fueron
sutiles, no obstante, su cresta colorada estaba encendida, llena de color y
altivez, muestra de la vesania que le invadía.
—Es inevitable la muerte, y
por eones la hemos eludido hermana, pero, por fin la hallaremos. Perdono las
veces que has destrozado lo que tanto de mi fuerza me exige— Kawya tocó el
hombro de su hermana y la sacudió un poco mientras una leve sonrisa intentó
formarse en su boca de lagarto.
Dyefa suspiró, sacudió la
cabeza en reflexión —Serás la hermana mayor, pero, escúchame bien, seré yo
quien te proteja en este camino final, tú mantienes la unidad del grupo y tu
caída prematura condenaría esta empresa.
Los caminos desaparecieron, asomó
en su lugar un campo inmenso de pliegues sobre pliegues ondulantes, al final se
hizo una luz visible, una luz que se veía a través de toda oscuridad y toda
dimensión, su meta, todo por lo que lucharon al fin se les desveló.
—El fruto prometido, por el
cual todo hemos de sacrificar— Gouyud no vio su ira disminuir, en cambio, se
elevó al igual que su esperanza.
Inesperadamente el firmamento
se llenó de esferas blanquecinas, incontables, incontrolables, se movían por el
aire como si estuviesen nadando en un líquido espeso.
Dyefa preparó su ballesta —Mi
príncipe, sepa que los amé tanto como amé la vida, aunque a veces pareciese que
fuese lo contrario. Nunca quise hacer el mal, sepa que simplemente no puedo
moderar mi fiereza si no es con el apoyo de otros que encaminan mi potencial.
—Gracias, se que se te teme,
pero, también se que has hecho mucho bien. Gouyud, el primero y Haya, la
primera, te recibirán, y Zuzara se encargará de recordarte.
—Es todo lo que pido.
Las ballestas de Dyefa
partieron las esferas, dividiéndolas en muchas otras esferas diminutas que
chocaron con otras, a su vez estas también se dividieron, se provocó una
reacción en cadena desatando una destrucción absoluta, la temperatura
enloqueció, ardía y congelaba, potencial desbocado a la destrucción. Fue de
primera, las esferas que caían en contacto con su emanación radioactiva se
desgarraban y sangraban, más no morían si no que renacían intactas; así era esa
tierra donde la vida y la muerte era otra dimensión, otro fenómeno con la
propiedad de ser medido como una magnitud corriente en el mundo material.
Cuando las saetas se le acabaron, Dyefa empezó a disparar sus propios átomos,
tropezó con los pliegues en cada paso, la destrucción que provocaba mantuvo
alejadas a las esferas, sus camaradas estuvieron a salvo detrás de ella,
disminuyó en tamaño paulatinamente, hasta que no le quedó nada más que sus dos
corazones latientes, y a estos también los disparó contra las esferas.
Kawya vio a su hermana partir
en paz, orgullosa de sus hazañas, sonrió, lista para tomar la batuta, debía
continuar despejando el camino hacia la luz que ahora era cegadora, entregó su
cañón de plasma a Gouyud.
—Lamento no poder regresarlo a
su hogar señor, regresarlo a los brazos de su amada, y reír con el fruto de su
amor— dijo al encaminarse firmemente hacia adelante, hubo muchos sacrificios, y
el suyo también era necesario.
—No la hubiera conocido si no
fuera por los que hoy han entregado su vida, y sobre todo por ti, que eres la
base sobre la que existe nuestra relación y sobre la que se cimienta nuestro
futuro. Te estaré eternamente agradecido.
Kawya con sus manos desnudas
empezó a sujetar las esferas y a reunirlas, atrajo y atrapó todas las que pudo,
las esferas giraban hacia la derecha, giraban hacia la izquierda, se agitaban y
retorcían buscando escapar de su fuerza, sin embargo su fuerza era titánica y
abarcaba todo lo conocido y manipulable; Gouyud prosiguió, tan cerca estaba,
tal era la luz que solo cuando estuvo al pie de la luminiscencia la vio en lo
alto de una torre retorcida parecida a un bastón, volvió la mirada hacia su
fiel escudera, sobre sus hombros soportaba el peso infinito de la antimateria
de esa tierra ajena, quedándose inmovilizada por la eternidad.
—Gracias por todo lo dado.
Gouyud subió por las escaleras
de la torre con la espada en su mano izquierda, cañón de gravitones y de plasma
en las manos inferiores, sus miembros traseros lo empujaron con brío por las
gradas, tan cerca estaba lo deseado, tan cerca el éxito, tan cerca se sentía
ella, tan cercano se le hacía su aroma refrescante, las caricias de sus manos,
el brillo de sus escamas y la ambrosía de su vientre. Finalmente lo vio, el
fruto, el fruto de vida eterna, fulgurante e indescriptible, como hallarse con
el ser amado.
—¿Felicidad? — dijo una voz
que hablaba como un millón de voces en un millón de lenguas.
—¿Quién es? — Gouyud apuntó
sus armas en todas direcciones, sobrecogido y atormentado por esa voz tuvo
dificultad para mantenerse consciente, pues sin saber por qué deseó dejar caer
su cuerpo y entregarse a la muerte.
—Yo soy— respondió.
Gouyud VII, heredero de mil
galaxias, héroe de un millón de gestas dobló las rodillas.
—Sigues feliz, estás
sufriendo, pero eres feliz. ¿Por qué?
—He llegado, no hay a donde
más ir, solo me toca cumplir… lo he logrado.
—Sabes que morirás y aún estas
feliz. ¿Por qué?
Gouyud sintió como las paredes
de sus células se le desgarraban —No hice este viaje por mí, lo hice por ella,
y si su bienestar me cuesta la vida… lo pagaré gustoso.
—¿Vale la pena el sacrificio?
¿Estás seguro de que amas lo que ella es o amas lo que tú crees que ella es?
—Confieso que tal vez no logré
entenderla, que la he idealizado en ocasiones y que he llorado amargamente con
sus actos, pero jamás dejé de amarla, y nunca me rendiré por lograr su
felicidad.
—De acuerdo, toma lo que
necesitas. Si puedes.
Gouyud VII cargó su cañón de
plasma, la energía se acumuló en la boca del arma hasta llegar a tener la masa
de mil estrellas condensada en una esfera de un metro de diámetro, y le disparó
con su cañón de entropía, la estrella artificial envejeció un millón de eones
en un instante hasta hacerla colapsar; la supernova fue tan inmensa que en el
reino material nació una nueva nebulosa, que en un futuro distante se convertiría
en la vía láctea. El fruto de la vida eterna se mantuvo incólume en su sitio.
Gouyud ya no pudo mantener
levantadas sus armas, se le cayeron, solo su espada logró sostenerlo; en su
pecho nació un horror nunca sentido, la cordura que le había acompañado hasta
ahora se esfumó, para nunca más ser hallada.
—Oh, ya no hay alegría. Eso está
mejor.
—¿Qué debo hacer?
—¿Perdón?
—No puedo hacerte nada, ¿qué
debo hacer para ganarme tu favor?
—Dame tu vida. Una vida por
otra.
Gouyud hiperventila con sus
corazones a punto de estallar y sus pulmones colapsados repletos de sangre se
las arregló para hablar — ¿Cumplirás?
—No te ofreceré otro trato.
Gouyud levantó su espada —Por
Zuzara, a quien amé como nadie más podría amar.
La hoja se hundió en su pecho
destruyendo su primer corazón.
—¡Por Zuzara, cuya simiente
gobernará el universo material!
Doblo la hoja hacia la derecha
y realizo un tajo cruzado hasta abajo, alcanzó su segundo corazón, entre
estertores y un dolor sublime sus ojos se apagaron y con ellos el brillo de mil
estrellas y miles de mundos se congelaron.
—Ve gran señor, ya estarás
aquí de nuevo. En otro tiempo y en otro espacio.
En el Imperio Áureo el luto
fue llevado con júbilo por el sacrificio de sus héroes y la salvación de la futura
reina; Azuzara despertó, sus ojos brillaron nuevamente, millones de estrellas
nacieron en nebulosas por todo el universo, al descubrir el destino de su amado
y sus amigos se conmovió profundamente, en el reino se explotaron mil estrellas
para que todos los súbditos y nobles se enterasen; Haya VI, la Gran Madre
coronaría a Azuzara, la primera, la del amor incondicional. Meses después emergerían
de cuatro huevos primordiales, los hijos producto del amor que se tuvo con
Gouyud VII. Así nacieron Alyadivia II, maestro de los astros; Alkhar II, sabio
magnético; Dyefa II, señora de los átomos y Kawya II, ama de los protones. Y
así dominarían la realidad material por incontables eones como se había hecho
antes que ellos; de ellos se cuenta que lograron expandir su poder por todo el
universo, nada material quedaría fuera de su control, también se cuenta que tras
una eternidad Kawya II, daría a luz a Gouyud VIII, y a Haya VII quienes gobernarían
en los últimos eones del universo.

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