lunes, 2 de octubre de 2023

CABALLEROS EN EL FIN DEL UNIVERSO

 

CABALLEROS EN EL FIN DEL UNIVERSO

Hace eones, antes que la galaxia que acunase al sistema solar apareciese existió un príncipe, el príncipe Gouyud VII, heredero de las mil galaxias del Imperio Áureo, Gran Duque de Andrómeda, su raza y su estirpe fueron seres de enorme poder, tal era su condición que solo podían ser considerados dioses. Las hazañas imposibles de creer que él junto a su guardia pretoriana de caballeros primordiales le ganó incontables laureles y un número mayor de enemigos, una de ellas fue la Bruja Entrópica de Centaurus; esta bruja lanzó un poderoso hechizo sobre la prometida del príncipe, los grandes sabios del imperio le indicaron al príncipe que para romper tal hechizo debería viajar al corazón del universo donde hallaría el fruto de la vida eterna, y así dio comienzo a su aventura y su leyenda.

Gouyud junto a sus caballeros de fulgurantes armaduras y poderosas armas de guerra que manipulaban con sus cuatro manos partieron en una magnífica nave espacial que rompía el espacio-tiempo con su quilla de singularidad, navegaron por el cosmos esquivando piratas y reinos enemigos, buscaron llegar al corazón del universo, en donde todo inició y donde todo terminará, donde las galaxias nacieron y a donde irán a morir tras infinitas eras. Un viaje peligroso a regiones arcaicas donde el tiempo mismo ha envejecido y la realidad colapsa bajo su propia gravedad, nadie hubiera hecho tal viaje, pero Gouyud se vio en la obligación, su prometida agonizaba y yacía en un estanque de estasis temporal, no vivía, ni moría, más existía todavía. Gouyud sentía como sus corazones se apretujaban al recordar a su prometida sus escamas iridiscentes y sus colmillos de blanco marfil, su esbelta y larga cola y sus muslos gruesos la hacían lucir como una figura divina, una diosa de la fertilidad y la pasión, una deidad por la cual matar y por la cual morir.

Tras semanas de un viaje arduo la nave empezó a ralentizarse, no se le acabó la energía pues su motor era una enana blanca contenida en un campo magnético, no se quebró su proa, pues esta era de acero adiamantado forjado en una sacra supernova, no, no era nada material lo que detenía a aquel poderoso navío cósmico, simplemente ya no había tiempo, ni espacio que pudiera atravesar, habían llegado al vacío y más adelante les esperaba el anti-tiempo y el anti-espacio. Por fin la nave encalló en el vacío más absoluto, más allá de ese vacío se vislumbró una fortaleza en la lejanía, muros de antimateria, unas ciclópeas murallas sólidas de configuración aparentemente aleatoria, constantemente cambiantes.

—¡Henos aquí, camaradas! Muchos han dicho que irían al fin del mundo por amor, pero aquí estoy, el único insensato que es capaz de ir al fin de la existencia por amor. — Expresó Gouyud VII.

Con su armadura de neutrinos saltó hacia la playa de materia negativa, frente a lo desconocido suspiró ahogando sus miedos con oxígeno artificial; revisó sus cimitarras de filo atómico y preparó su carabina de entropía.

—No tema, mi señor, marchamos con usted— profirió Alyadivia, campeón del reino, manejaba su martillo de inercia variable con maestría y su cañón de gravitones con el cual comprimía continentes en segundos.  

—Su destino es nuestro destino, su excelencia— mencionó Alkhar, prodigioso hechicero, su magia de escudos electromagnéticos eran intraspasables y sus impulsos magnéticos hacían cualquier objeto imparable.

Por detrás las hermanas escuderas, Kuat, asienten ante la declaración, Kawya, la hermana mayor de fuerza descomunal es capaz de juntar los átomos con sus propias manos y con su rifle de plasma derrite cualquier materia; y Dyefa, la hermana menor que con su sola presencia envenena con radiación a sus enemigos y con su rifle de agujas divide los átomos creando hecatombes nucleares.

El príncipe elevó sus brazos izquierdos en un puño —¡Por ti, Zuzara! ¡Por ti y por la continuidad de nuestra estirpe!

El grupo marchó con la guardia en alto, listos para la batalla, cruzaron el arco de la fortaleza hacia el interior, sus pasos produjeron anti-ruido, un silencio penumbroso que se esparció por ningún lado hacia el infinito. Enormes alamedas de formas imposibles y dimensiones infinitas se desplegaron frente ellos, Alkhar marchaba al frente, tras un tiempo indeterminado de transitar un camino inmedible se distinguieron figuras amorfas que se alinearon a los costados, criaturas que aparentemente representaban a los señores de aquellas tierras, formas imposibles para cualquier ser viviente, masivos, cambiantes y cristalinos. Tan irreconocibles que el pecho de los héroes se estremeció apretando sus dos corazones reptilianos, sus sentidos incapaces de receptar nada que fuese comprensible crearon un sentimiento de desasosiego, definitivamente ya no estaban en reinos materiales.

Una puerta lúgubre hizo aparición, rostros informes se movían en ella, ojos de varios colores de mil formas y diversas formas de bocas babeantes emergían y se hundían como si fuese una fuente vertical de alquitrán, gemían en frecuencias tenebrosas, más allá de lo mundano y lo divino.

—¡Por la gracia de Gouyud el primero! ¿Qué hechicería pérfida es esta? — Alyadivia vio con repulsión, la bilis amarga se revolvió en sus cuatro estómagos.

—Solo un pequeño obstáculo— expresó el hechicero del grupo igual o más asqueado que su compañero.

Alkhar tomó una de las saetas guardada bajo la túnica púrpura que cubría su armadura, desde sus guanteletes produjo un campo electromagnético que aplicó una gran potencia al objeto, al liberar toda aquella energía la saeta fue impulsada a una velocidad fuera de cualquier magnitud, impactó contra la puerta derruyendo su no materialidad, deslindando las cadenas primordiales que la mantenían unida y sólida. Los gemidos se convirtieron en aullidos atronadores que reverberaron en todas las realidades, las realidades materiales, las inmateriales y las antimateriales; las crestas de los héroes se encresparon y sus corazones palpitaron con fiereza, el miedo amenazaba con deshacer su valor.

Gouyud desenvainó su cimitarra y dio un paso al frente —No daremos ni un paso atrás, desde ahora solo hacia adelante.

Tenía una misión autoimpuesta más importante que su propia vida, los caballeros siguieron a su señor y continuaron con decisión hacia las profundidades desconocidas. El tiempo fluctuaba frente a sus ojos, objetos de uso irreconocible y seres de forma tenebrosamente variable envejecían y rejuvenecían, se oxidaban hasta arder o convertirse en herrumbre, se pudrían desecándose o convirtiéndose en una masa putrefacta acuosa solo para después reformarse en dirección opuesta, órganos singulares vuelven a palpitar y funcionar, consiguiente se regeneraban las células musculares y aquellas criaturas no solo volvían a vivir si lo hicieron alguna vez, si no que siguieron rejuveneciendo hasta llegar a un feto igual de amorfo y vomitivo, hasta que por fin desaparecían como si nunca hubieran nacido y volvían a repetir el ciclo infinitamente. Esto fue un golpe psicológico para los héroes, su especie tan avanzada y evolucionada no conocía la muerte, ni la decadencia, de vida eterna como infinito podía llegar a ser su poder, no enfermaban debido a su sangre llena de glóbulos blancos especializados y sustancias antibióticas, dos corazones y dos masas encefálicas les permitían sobrevivir a heridas terribles el tiempo suficiente para que se regenerase lo perdido sea de forma natural o con sus máquinas prodigiosas. Con todas aquellas sorprendentes cualidades que poseían se vieron sobrecogidos con la existencia de tales criaturas capaces de pasar de la no existencia a la vida, luego a la muerte, solamente para resucitar y volver a la no existencia con la misma facilidad que quien parpadea; en aquellas tierras fuera del tiempo la razón era irracional, fuera de toda comprensión, buscarle un sentido llevaría a cualquier ser cuerdo a una espiral de locura.

Dyefa sintió como sus pulmones se vaciaban, no podía evitar contener el aliento al observar tales fenómenos, no obstante, profirió con serenidad —Aquí enfrentaremos la muerte, hermana.

—Aquí como allá, no hay verdadera importancia el lugar en el cual se enfrenta uno a la muerte, lo que cuenta es porque se le encara— Kawya mantuvo sus pensamientos en calma y sus sentidos atentos.

Se escuchó un rugido fantasmagórico que caló a través de las armaduras hasta el tuétano de sus huesos endurecidos con carbono, una bestia del reino de la antimateria, tan alto como una montaña, de hombro a hombro habrían diez kilómetros, de su lomo crecían crestaciones fungiformes en dos hileras paralelas que nunca llegaban a tocarse, sus colmillos descomunales chorreaban veneno multidimensional; los guerreros, a penas más pequeños que aquella monstruosidad tomaron posición con sus escudos al frente y sus armas apuntando.

—No teman, camaradas— profirió Alkhar, siempre al frente, siempre combativo y activo.

Confiado en su poder, en el adiestramiento místico y arcano de los grandes maestros y sabios del imperio, en su experiencia milenaria de luchar contra aberraciones del orden material, dioses de otras dimensiones y apariciones sobrenaturales; preparó otra de sus saetas, su oponente se quedó inmóvil, los miraba inquisitivamente con sus incontables ojos. Alkhar impulsó su saeta como ya había hecho incontables veces antes, aunque, ocurrió algo que nunca le había pasado, la saeta traspasó a la criatura como si hubiese sido un holograma, como si no existiese en aquel plano dimensional.

Alkhar quedó anonadado, los músculos de sus piernas se endurecieron como el acero, su espalda se encorvó y con ademanes de sus manos forjó un escudo electromagnético; el hechicero percibió que ese titán se preparaba para embestir, la masiva masa de la bestia se precipitó hacia él, chocaron estrepitosamente, el escudo no duró, cedió al instante y la bestia se detuvo al golpear contra el hechicero. Se volvieron uno, sus cuerpos se fusionaron, se hincharon grotescamente, emulsionaron y gritaron guturalmente de dolor hasta desaparecer en un vaho hirviente ante la mirada insólita de sus compañeros paralizados al presenciar el horror, no quedó nada, se anularon efectivamente de la existencia.

Alyadivia aturdido y afligido se arrodilló en el lugar que su amigo se desvaneció, si sus ojos hubieran podido llorar habrían creado incontables ríos —Que el Gran Gouyud, el primero, padre de todos nosotros y la Gran Haya, la primera, progenitora de nuestra estirpe te reciban en el reino ulterior, pues tu sacrificio merece todas las recompensas.

—¡Fuimos testigos de tu valor! — respondieron en coro los demás caballeros, también se arrodillaron y suplicaron por el alma de su caído.

No tenían mucho tiempo para consolar sus corazones, debían seguir, anduvieron cabizbajos, debilitados por la falta de su compañero, siempre habían sido los cinco, desde el principio y el destino de uno sellaba el destino de los demás, supieron desde entonces que les esperaba la muerte dentro de aquellas tierras extrañas.

Las alamedas extensas y los caminos claramente perceptibles terminaron y en su lugar aparecieron curvas pronunciadas, caminos elípticos y en espiral, de los muros germinaron cilios y flagelos gomosos que tuvieron que atravesar con la espada de Gouyud VII, penetraron durante horas, su espada se manchó con la sangre que emanaba de toda herida producida por cada movimiento certero y cada estocada potente. Pronto un nuevo obstáculo se les presentó, un estrecho camino por el cual sus descomunales dimensiones eran incapaces de transitar.

—Esto es algo de lo que yo puedo encargarme—dijo Alyadivia, al preparar su cañón.

Con un disparo los muros se comprimieron hasta volverse una esfera ultradensa que hundió el terreno bajo ella, y así con cada disparo hasta crear el espacio suficiente para cruzarlo. Alyadivia recordó los tiempos con su amigo Alkhar, cuando doblegaban los cuerpos celestes, desviaban asteroides contra planetas por diversión, anulaban los campos electromagnéticos de mundos hostiles y los dejaban a merced de las tormentas solares. Al estar inmerso en sus memorias se quedó un poco atrás del grupo, cuando fue sorprendido por un tirón que lo llevó de espaldas al suelo, cuando pudo incorporarse siguió siendo halado por una fuerza invisible, una enorme boca imposiblemente abierta aspiraba con una fuerza negativa inigualable.

—¡Alyadivia! — gritó Gouyud con toda intención de correr a salvar a su amigo.

—¡No! ¡Siga adelante, mi señor! ¡Ni un paso atrás! — Alyadivia tomó su martillo y lo activó creando una inercia infinita, dejó de moverse, pero la boca que no dejaba escapar ni siquiera la luz que absorbía no iba a dejarlo escapar —¡ATESTIGUAD UNIVERSO! ¡AQUÍ UN CABALLERO ENFRENTA SU DESTINO SIN AMEDRENTARSE!

Gouyud y sus escuderas saludaron el honor y el sacrificio del guerrero, apartaron la vista y regresaron a su camino, levantaron la cabeza, retaron al destino que les esperaba al final del camino, solo desearon enfrentar la muerte con la misma convicción que su camarada.

La inercia del martillo se desactivó, Alyadivia usó la fuerza de la boca para ganar impulso en un salto fuera de toda posibilidad, y al darle impulso al martillo reactivo la inercia del objeto logró terminar atrás de aquella bestia voraz; levantó su arma lo más alto posible y la dejó caer con toda la fuerza de sus cuatro brazos y la inercia al completo que existe en la realidad. La boca fue aplastada, crujió y blasfemó en lengua irrepetible al estamparse y partirse en el suelo, el sabor de la victoria fue efímero, de los restos renacieron más bocas, más pequeñas en tamaño, pero igual de poderosas que la boca grande, así fue como murió Alyadivia, aferrándose a su martillo con todas sus fuerzas, extremidad, por extremidad le fue arrancada en todas direcciones, se mantuvo callado, soportó el dolor, no le dio la satisfacción al destino, recibiría la muerte como un igual, no como una víctima.

—Bienaventurado aquel que entrega su vida por el bienestar de otros— declaró Gouyud, sus palabras fueron sutiles, no obstante, su cresta colorada estaba encendida, llena de color y altivez, muestra de la vesania que le invadía.

—Es inevitable la muerte, y por eones la hemos eludido hermana, pero, por fin la hallaremos. Perdono las veces que has destrozado lo que tanto de mi fuerza me exige— Kawya tocó el hombro de su hermana y la sacudió un poco mientras una leve sonrisa intentó formarse en su boca de lagarto.

Dyefa suspiró, sacudió la cabeza en reflexión —Serás la hermana mayor, pero, escúchame bien, seré yo quien te proteja en este camino final, tú mantienes la unidad del grupo y tu caída prematura condenaría esta empresa.

Los caminos desaparecieron, asomó en su lugar un campo inmenso de pliegues sobre pliegues ondulantes, al final se hizo una luz visible, una luz que se veía a través de toda oscuridad y toda dimensión, su meta, todo por lo que lucharon al fin se les desveló.

—El fruto prometido, por el cual todo hemos de sacrificar— Gouyud no vio su ira disminuir, en cambio, se elevó al igual que su esperanza.

Inesperadamente el firmamento se llenó de esferas blanquecinas, incontables, incontrolables, se movían por el aire como si estuviesen nadando en un líquido espeso.

Dyefa preparó su ballesta —Mi príncipe, sepa que los amé tanto como amé la vida, aunque a veces pareciese que fuese lo contrario. Nunca quise hacer el mal, sepa que simplemente no puedo moderar mi fiereza si no es con el apoyo de otros que encaminan mi potencial.

—Gracias, se que se te teme, pero, también se que has hecho mucho bien. Gouyud, el primero y Haya, la primera, te recibirán, y Zuzara se encargará de recordarte.

—Es todo lo que pido.

Las ballestas de Dyefa partieron las esferas, dividiéndolas en muchas otras esferas diminutas que chocaron con otras, a su vez estas también se dividieron, se provocó una reacción en cadena desatando una destrucción absoluta, la temperatura enloqueció, ardía y congelaba, potencial desbocado a la destrucción. Fue de primera, las esferas que caían en contacto con su emanación radioactiva se desgarraban y sangraban, más no morían si no que renacían intactas; así era esa tierra donde la vida y la muerte era otra dimensión, otro fenómeno con la propiedad de ser medido como una magnitud corriente en el mundo material. Cuando las saetas se le acabaron, Dyefa empezó a disparar sus propios átomos, tropezó con los pliegues en cada paso, la destrucción que provocaba mantuvo alejadas a las esferas, sus camaradas estuvieron a salvo detrás de ella, disminuyó en tamaño paulatinamente, hasta que no le quedó nada más que sus dos corazones latientes, y a estos también los disparó contra las esferas.

Kawya vio a su hermana partir en paz, orgullosa de sus hazañas, sonrió, lista para tomar la batuta, debía continuar despejando el camino hacia la luz que ahora era cegadora, entregó su cañón de plasma a Gouyud.

—Lamento no poder regresarlo a su hogar señor, regresarlo a los brazos de su amada, y reír con el fruto de su amor— dijo al encaminarse firmemente hacia adelante, hubo muchos sacrificios, y el suyo también era necesario.

—No la hubiera conocido si no fuera por los que hoy han entregado su vida, y sobre todo por ti, que eres la base sobre la que existe nuestra relación y sobre la que se cimienta nuestro futuro. Te estaré eternamente agradecido.

Kawya con sus manos desnudas empezó a sujetar las esferas y a reunirlas, atrajo y atrapó todas las que pudo, las esferas giraban hacia la derecha, giraban hacia la izquierda, se agitaban y retorcían buscando escapar de su fuerza, sin embargo su fuerza era titánica y abarcaba todo lo conocido y manipulable; Gouyud prosiguió, tan cerca estaba, tal era la luz que solo cuando estuvo al pie de la luminiscencia la vio en lo alto de una torre retorcida parecida a un bastón, volvió la mirada hacia su fiel escudera, sobre sus hombros soportaba el peso infinito de la antimateria de esa tierra ajena, quedándose inmovilizada por la eternidad.

—Gracias por todo lo dado.

Gouyud subió por las escaleras de la torre con la espada en su mano izquierda, cañón de gravitones y de plasma en las manos inferiores, sus miembros traseros lo empujaron con brío por las gradas, tan cerca estaba lo deseado, tan cerca el éxito, tan cerca se sentía ella, tan cercano se le hacía su aroma refrescante, las caricias de sus manos, el brillo de sus escamas y la ambrosía de su vientre. Finalmente lo vio, el fruto, el fruto de vida eterna, fulgurante e indescriptible, como hallarse con el ser amado.

—¿Felicidad? — dijo una voz que hablaba como un millón de voces en un millón de lenguas.

—¿Quién es? — Gouyud apuntó sus armas en todas direcciones, sobrecogido y atormentado por esa voz tuvo dificultad para mantenerse consciente, pues sin saber por qué deseó dejar caer su cuerpo y entregarse a la muerte.

—Yo soy— respondió.

Gouyud VII, heredero de mil galaxias, héroe de un millón de gestas dobló las rodillas.

—Sigues feliz, estás sufriendo, pero eres feliz. ¿Por qué?

—He llegado, no hay a donde más ir, solo me toca cumplir… lo he logrado.

—Sabes que morirás y aún estas feliz. ¿Por qué?

Gouyud sintió como las paredes de sus células se le desgarraban —No hice este viaje por mí, lo hice por ella, y si su bienestar me cuesta la vida… lo pagaré gustoso.

—¿Vale la pena el sacrificio? ¿Estás seguro de que amas lo que ella es o amas lo que tú crees que ella es?

—Confieso que tal vez no logré entenderla, que la he idealizado en ocasiones y que he llorado amargamente con sus actos, pero jamás dejé de amarla, y nunca me rendiré por lograr su felicidad.  

—De acuerdo, toma lo que necesitas. Si puedes.

Gouyud VII cargó su cañón de plasma, la energía se acumuló en la boca del arma hasta llegar a tener la masa de mil estrellas condensada en una esfera de un metro de diámetro, y le disparó con su cañón de entropía, la estrella artificial envejeció un millón de eones en un instante hasta hacerla colapsar; la supernova fue tan inmensa que en el reino material nació una nueva nebulosa, que en un futuro distante se convertiría en la vía láctea. El fruto de la vida eterna se mantuvo incólume en su sitio.

Gouyud ya no pudo mantener levantadas sus armas, se le cayeron, solo su espada logró sostenerlo; en su pecho nació un horror nunca sentido, la cordura que le había acompañado hasta ahora se esfumó, para nunca más ser hallada.

—Oh, ya no hay alegría. Eso está mejor.

—¿Qué debo hacer?

—¿Perdón?

—No puedo hacerte nada, ¿qué debo hacer para ganarme tu favor?

—Dame tu vida. Una vida por otra.

Gouyud hiperventila con sus corazones a punto de estallar y sus pulmones colapsados repletos de sangre se las arregló para hablar — ¿Cumplirás?

—No te ofreceré otro trato.

Gouyud levantó su espada —Por Zuzara, a quien amé como nadie más podría amar.

La hoja se hundió en su pecho destruyendo su primer corazón.

—¡Por Zuzara, cuya simiente gobernará el universo material!

Doblo la hoja hacia la derecha y realizo un tajo cruzado hasta abajo, alcanzó su segundo corazón, entre estertores y un dolor sublime sus ojos se apagaron y con ellos el brillo de mil estrellas y miles de mundos se congelaron.

—Ve gran señor, ya estarás aquí de nuevo. En otro tiempo y en otro espacio.

En el Imperio Áureo el luto fue llevado con júbilo por el sacrificio de sus héroes y la salvación de la futura reina; Azuzara despertó, sus ojos brillaron nuevamente, millones de estrellas nacieron en nebulosas por todo el universo, al descubrir el destino de su amado y sus amigos se conmovió profundamente, en el reino se explotaron mil estrellas para que todos los súbditos y nobles se enterasen; Haya VI, la Gran Madre coronaría a Azuzara, la primera, la del amor incondicional. Meses después emergerían de cuatro huevos primordiales, los hijos producto del amor que se tuvo con Gouyud VII. Así nacieron Alyadivia II, maestro de los astros; Alkhar II, sabio magnético; Dyefa II, señora de los átomos y Kawya II, ama de los protones. Y así dominarían la realidad material por incontables eones como se había hecho antes que ellos; de ellos se cuenta que lograron expandir su poder por todo el universo, nada material quedaría fuera de su control, también se cuenta que tras una eternidad Kawya II, daría a luz a Gouyud VIII, y a Haya VII quienes gobernarían en los últimos eones del universo.

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