Camilo el camaleón un día cruzó de una rama a otra, y se encontró en otro árbol; anduvo con sus patas prensiles por las ramas, se encontró con otros camaleones, todos moteados de amarillo sobre verde. Se rieron de él por su camuflaje que desentonaba tanto con los colores del árbol.
― ¡Mírenlo a ese! ¡Es un blanco perfecto para el gavilán! ― dijo
uno de los camaleones.
― ¡Cámbiate de color! No seas gil― expresó otro mientras se
balanceaba sobre una rama como su fuese una hoja sacudida por el viento.
De inmediato, sin cuestionarlo, modificó sus colores y se halló
conversando con estos nuevos conocidos.
Tras unas horas continuó su travesía, la rama sobre la que andaba
se dobló bajo su peso, viéndose en un árbol de flores rojas y hojas moradas; adelantándose
al acontecimiento cambió sus colores, para cuando halló a los camaleones de
aquel árbol ya no sufrió del señalamiento.
―Bienvenido compañero, no te he visto antes por aquí― profirió un
camaleón colgado de su cola.
―Me gustan tus colores― mencionó un segundo camaleón colgado de su
cola.
Camilo también se colgó de una rama como los otros camaleones y se
agitó como si fuese una fruta del árbol. La rama no alcanzó a soportar su peso
y se quebró, se golpeó contra la corteza, se desgarraron las flores y al final
sus patas se lograron agarrarse de una hoja gruesa que le aguantó.
Se sacudió un poco para recobrarse, movió sus ojos para enfocarse
en un saltamontes que estaba posado en la otra rama, sus músculos empujaron su
prominente lengua fuera de su boca atrapando al insecto, el exoesqueleto de
quitina crujió entre los dientes del camaleón. Las hojas eran moteadas, rojo sobre verde, mientras se acercaba hasta el centro de la planta sus colores fueron cambiando.
Prosiguió su aventura, conoció muchos camaleones, cazó insectos en muchos árboles, anduvo
por tan distintos colores, tantas veces que cuando quiso darse cuenta ya no
recordaba el color de su hogar, ni como regresar, y tampoco recordaba cuáles eran sus colores.
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