Antes de que el Marte prehistórico se convirtiera en un desierto rojo y árido, fue un mundo vibrante, lleno de vida. Los lagos reflejaban el sol que lo iluminaban, y las dunas doradas se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Criaturas antiguas caminaban sobre sus suelos: los lagartos marcianos surcaban las arenas con su piel escamosa adaptada al clima extremo, mientras las tortugas marcianas se refugiaban en las costas, contemplando el lento ocaso de su mundo.
Pero incluso los mundos más vastos pueden ser frágiles. Y el destino de Marte ya estaba escrito.
Zix, un joven lagarto marciano, recorría la costa en busca de alimento cuando vio algo que lo hizo detenerse. Una tortuga estaba atrapada en una red de plástico.
La imagen lo perturbó. No era la primera vez que encontraba rastros de los marcianos, esas extrañas criaturas de piel pálida que exploraban las dunas y dejaban sus huellas en la tierra. Pero nunca había visto algo que lastimara a los suyos.
Se acercó con cautela y, con sus garras afiladas, comenzó a cortar la red. La tortuga lo observó con sus grandes ojos acuosos, y cuando quedó libre, habló con voz cansada:
—El mundo está cambiando, Zix. Los marcianos han traído cosas que no pertenecen aquí.
Zix miró la red en sus garras. Era ligera, artificial, diferente a cualquier material que conociera.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó, con el presentimiento de que no le gustaría la respuesta.
La tortuga apartó la vista hacia el horizonte.
—Porque hemos visto el humo en el cielo.
Zix frunció el ceño y giró la cabeza. A lo lejos, una columna de humo negro ascendía, ondulando como una serpiente en el aire.
El sol se apagó por un momento. Una explosión retumbó en la distancia.
Zix sintió el suelo temblar bajo sus patas. La tortuga se estremeció.
—Es demasiado tarde.
El joven lagarto no comprendía. ¿Demasiado tarde para qué?
Entonces, vio el hongo de fuego elevarse sobre el horizonte.
Era algo imposible, antinatural, más brillante que el propio sol. Una onda expansiva recorrió la tierra, levantando columnas de arena y escombros. El viento se volvió caliente, irrespirable.
— ¡Debemos correr! —gritó Zix.
La tortuga asintió, y ambos comenzaron a moverse lo más rápido que pudieron. Pero el aire ya no era el mismo. El cielo, antes de un azul profundo, se volvía rojo. Las nubes se teñían de ceniza. El mar, su refugio ancestral, comenzaba a hervir.
Zix vio con horror cómo otras criaturas caían a su alrededor. La vida de Marte estaba siendo devorada por un fuego que no venía de la naturaleza, sino de los marcianos.
Su gente no había estado preparada. Él tampoco. Y entonces, llegó la segunda explosión. Cuando Zix despertó, el mundo que conocía ya no existía.
El cielo estaba cubierto de polvo. La costa, donde alguna vez jugó, era solo un campo de rocas calcinadas. El aire, antes lleno del aroma de la arena húmeda, era seco, sin vida.
Se incorporó con dificultad, sintiendo su cuerpo pesado. Buscó a la tortuga, pero solo encontró su caparazón vacío, partido en dos.
Zix comprendió que estaba solo.
Se arrastró hacia lo que quedaba del mar, esperando que aún hubiera agua para calmar la sed. Pero solo encontró sal y cenizas.
Levantó la vista al cielo, y vio una última nave marciana elevándose.
Ellos se iban. Habían venido, habían destruido, y ahora abandonaban el mundo que arruinaron.
El lagarto exhaló un último suspiro.
Y cuando cerró los ojos, Marte también lo hizo.
T.M. Vílchez
Una historia sencilla, que sin embargo consiguió que sintiera cierta nostalgia y tristeza. Como siempre digo, los cuentos cortos como esto son difíciles de escribir, al menos para mí. Y este ha conseguido su objetivo. Me da la impresión de que estos "marcianos pálidos" son los que luego harán lo mismo en la Tierra, ¿puede ser? Por más historias como esta.
ResponderEliminarEs uno de los cuentos que más me gustan del blog.
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