viernes, 19 de septiembre de 2025

El último libro

 

 

EL ÚLTIMO LIBRO

 

Siento que no es importante, al menos no ahora. Tal vez las generaciones futuras sabrán qué hacer con esto. Está claro que nosotros no. Tal vez, en algún lugar (no importa dónde o cuándo), alguien de con este diario y le sirva de algo.

Mi nombre no importa, pero puedes llamarme Eptionex (es el primer nombre que se me ocurrió). El asunto es que sé cuándo voy a morir, aunque no sé cómo. De todos modos, no importa. Por mucho tiempo me pregunté si iba a tener una muerte violenta o una serena; si iba a terminar mi existencia en un accidente de tránsito o en una cama de hospital. O bien padeciendo una enfermedad terminal, sufriendo durante meses, o tal vez años.

A esta última posibilidad es a la que más temo, ya que eso implicaría un sufrimiento prolongado, si tengo mala suerte, y créanme, suelo tenerla. Tal vez pienses que podría matarme antes, terminar con mi vida por los medios que encuentre. Pero no, no puedo hacerlo, nadie pudo hasta ahora. Estoy programado para morir en la fecha que se me ha dado y eso es inamovible.

Muchos en mi situación vivirán una vida desenfrenada, sabedores de que no van a morir hasta que sea su hora. Muchos también adquirirán todo tipo de riquezas y lujos, viajarán alrededor del mundo, endeudándose o endeudando a otros.

Una vez se me ocurrió que si no hacía nada, que si vivía todos mis días igual que cuando no sabía mi fecha de caducidad, vencería a este designio oscuro. Pero me niego a creer en nada de eso; no creo que alguien o algo sepa de antemano todo lo que pasará en mi vida, lo que me va a llevar a la muerte y cuál va a ser el camino que seguiré. Simplemente alguien, en alguna parte, posee un botón de apagado, y eso es todo.

Por eso he decidido prescindir del tiempo. No sé en qué día vivo, ni siquiera el año, aunque llevo mucho tiempo en este lugar alejado de todo y de todos, en donde el paso del tiempo solo se mide por los amaneceres y las estaciones. Y aunque al principio logré tener una idea aproximada de los meses y hasta de los años transcurridos —ya que marqué las estaciones en el árbol solitario que se yergue sobre la colina solitaria—, luego dejé de hacerlo. La última vez que intenté contar los años llevaba tres inviernos viviendo acá. Pero ya ni sé cuánto hace de eso.

Entré en mi pequeña vivienda, un contenedor monoambiente fabricado con fibra de vidrio y lana mineral. Tengo lo esencial para vivir, y muchos libros que me traje desde muy lejos.

En ese refugio provisorio que se convirtió en mi hogar, me senté y recordé el primer libro que leí en este lugar. Era invierno y el frío se hizo insoportable, por lo que pasaba mucho tiempo acostado, con un montón de sábanas encima. En un principio pensé en llevar solamente mis preferidos, que volvería a leer una y otra vez hasta que mi tiempo se agotara. Luego pensé que eso sería un desperdicio, ya que me quedaban poco más de ocho años de vida, y me convencí que debía vivirlos experimentando lo nuevo y recordando lo viejo. Había vivido mucho tiempo repitiendo las cosas: monótonos días de trabajo, series y películas, las mismas canciones; las mismas personas y las mismas conversaciones.

Claro que podés decir que hay canciones y libros que valen la pena volver a sentir, y en parte es cierto, solo que ahora no tenía mucho sentido. Y si bien me dio pena no llevar El señor de los anillos, Flores para Algernon, Tokio blues o El guardián entre el centeno, me quedaban mundos enteros por explorar. Algunos libros de Levrero que jamás había leído, o clásicos como El gran Gatsby o Moby Dick que, por uno u otra razón, había postergado para un futuro lejano que ya no existe.

No recuerdo cuando comencé a quemar los libros que iba leyendo. Tal vez desde el primer día o la primera semana. Lo cierto es que algo en mí, una compulsión vehemente que solo pude entender mucho tiempo después, empezó a dominar mis acciones. Y como una declaración de principios me convencí de que me iría bajo mis términos, y si para ello debía mirar en una sola dirección lo haría hasta el final de mis días.

Por supuesto que estaba siendo predecible, que este ser o entidad todopoderosa podía ser omnisciente y que sabía de antemano todo lo que pensaba y lo que iba a hacer. Lejos había quedado mi creencia de que era un sicópata con un botón de apagado y un calendario. Creo que todavía pienso que es un viajero en el tiempo, o al menos alguien que puede otear la eternidad. Supongo que es una clase de experimento, o tal vez algo que escapa a nuestra comprensión.

Pero a pesar de todo me negué a aceptar que este ser leía mi mente y conocía mis sueños más profundos. Recuerdo que antes de abandonar la civilización se solía debatir esto, sobre todo desde un punto de vista teológico, ya que desde que las personas habían comenzado a conocer el día de su muerte, las religiones retornaron del ostracismo al que se habían visto relegadas con un ímpetu descomunal.

También surgieron nuevos cultos, de todo tipo. Todavía pienso que es un milagro que no nos hayamos matado entre nosotros. Si bien hubo crímenes a mansalva, y se debió instaurar un régimen totalitario, al menos en la Unión del Sur, lo cierto fue que la humanidad sobrevivió a este nuevo paradigma de la vida. 

Muchas fueron las hipótesis, y los porqués detrás de el día final. Incluso se crearon cursos de orientación que se dictaron en colegios y universidades de todo el mundo, de modo que la humanidad asimiló y aceptó su nueva condición de ser mortal con fecha de caducidad.

Sé que no fui el primero en evadir el tiempo. Mi tía, quien iba a morir a los treinta y cinco años, fue la primera persona que conocí en irse muy lejos, y aunque en ese entonces era solo un niño, sus palabras me quedaron grabadas a fuego:

—No quiero que estos últimos meses me vean y sientan lástima, ni quiero verlos día tras día mientras los míos se terminan. No quiero que intenten averiguar más cómo va a pasar, eso me está volviendo loca.

No sé qué habrán sentido los demás, pero yo me alegré por ella, ya que había sido su decisión. Como luego de muchos años yo tomé la mía.

Pero no todo está saliendo como lo esperaba. Admito que hace unas semanas presiento que el día se acerca. En un primer momento fue un malestar, como el inicio de una gripe. Luego mi mente enloqueció, y una y otra vez reviví momentos de mi vida con una nitidez que me hizo comprender lo que estaba pasando. Experimenté una impotencia y un odio tremendos, porque sabía qué al final no había logrado engañar a quien quiera que estaba detrás de esto.

La confirmación me vino al tercer día de este delirio, ya que como si un velo se corriera, puede rememorar los días transcurridos desde ese 23 de agosto de 2032: el día que partí para no mirar hacia atrás nunca más.

Lo que no entiendo es por qué nadie lo dijo; por qué nadie avisó de esto (a no ser que sea el primero en experimentarlo, cosa que dudo mucho). No puedo reprimir el rencor que siento hacia todas esas personas que ya no están, y en estos últimos días me obsesioné por descubrir el porqué de ese silencio.

Camino hacia la playa. El sol se ocultaba a mis espaldas, detrás del valle que se elevaba hacia las montañas lejanas y frías. Miro por última vez el atardecer: los últimos rayos, tibios y llenos de vida, se posan en mí como una caricia que solo logro sentir ahora. Entonces lo entiendo: este es un momento tan perfecto, tan íntimo, que no se puede compartir.

Abro el pequeño libro: Tiempo de negros, de Julio C. Da Rosa, una nouvelle que me regalaron cuando cumplí veinticinco, y que hasta hace unos días jamás había leído. Recuerdo el momento exacto en cual Carla me lo dio.

Rio y lloro al mismo tiempo. Siento alegría y tristeza, pero me obligo a leer las últimas páginas del último libro. Después de todo, siempre supe cuándo iba a llegar este día.

 

 


1 comentario: