Constantemente al mirar el horizonte, volvía a él el recuerdo de esos aviones pucará que vio recortándose contra el cielo otoñal de la Patagonia, aquel lejano día en el que jugaba en el patio de la escuela. El rasguido de las turbinas había surcado el aire encima suyo, estremeciendo la tierra bajo sus pies, y volteó justo a tiempo para verlos elevarse y alejarse hacia lo que en su inocencia se imaginó como una batalla en el cielo. La guerra era el destino natural de los hombres, pensó.
Mientras recordaba, una brisa tibia le alborotaba el pelo entrecano en el momento en el que unos niños jugaban con unos barriletes cerca de allí. Había estado caminando por la costa siguiendo la balaustrada como quien oye un viejo canto, hasta que sin darse cuenta sus dedos se posaron suavemente sobre la figura de una rosa tallada entre los nombres de dos enamorados. La voz de una mujer pareció oírse desde lejos, una voz entrañable, casi olvidada…
- ¡Chicos! ¿Dónde se metieron? – la voz de la señorita Martínez sonaba nerviosa y tenía ese timbre agudo que suele provocar el temor, mientras recorría los salones de la escuela buscándolos para llevarlos al gimnasio donde esperaban todos los demás - ¡Javier! ¡Elizabeth!
El sol del otoño apenas se filtraba a través de los resquicios de las ventanas, ocultas por gruesas y oscuras frazadas de lana. Y como los chillidos de dos ratoncitos burlándose de un cazador, sus risas apenas se percibían en medio del ulular de la sirena antiaérea. La señorita Martínez pasó una vez más, llamándolos a los gritos.
- ¡Chicos! Caramba…
Entonces se oyó de nuevo aquel estruendo resquebrajar la tierra, como un cierre relámpago que pariera un latigazo desde el cielo, ensordeciendo el silbato de advertencia de la usina cercana a la escuela y dispersando con su onda expansiva las exclamaciones de asombro que se oyeron desde afuera. Pero fue también por esa lírica inflexión del destino, que en ese mismo momento y en ese preciso instante, en ese instante eterno, intocable y eternamente dulce que es el amor, ajenos por completo a todo, sus labios coincidieron en el primer beso que se dieron.
Uno de los niños pasó corriendo a su lado y su alboroto infantil lo trajo de vuelta a ese recodo de la costa en el que se había detenido, en cuya orilla el agua se arremolinaba en girones de espuma indolente y desordenada. Lejos del promontorio, la silueta de un pequeño barco se mecía como una cuna sobre un oleaje fragoso cubierto de bruma. Miró expectante el horizonte, mientras el cielo y el mar parecían disputarse las últimas horas del día, y divisó a lo lejos la estela de un jet…
La estela del pucará, aquel día mientras jugaba en la escuela, había dibujado una “V” en el cielo. La “V” del primo Víctor. La que hacía con la mano cuando descendía de uno de esos aparatos con su traje de aviador. El primo que siempre lo cargaba en hombros cuando la familia salía de paseo, que lo llevaba con él a la base a jugar al truco, y que cuando volvía de volar le contaba historias del cielo y el mar. ¿Acaso era él aquel día, pasando sobre su escuela para hacerle aquel gesto una vez más?
Tuvo una sensación de vértigo al ver alejarse el jet. Como si lo que estuviese allí debajo y él mismo no fueran más reales que la estela que dejaban los propulsores de ese avión. Vista de arriba, la costa era tal vez un retablo incongruente, el sueño de un bólido que se dirigía a un lugar en el que las cosas perduran para siempre. Como una estela que nunca terminó de disiparse, así también perduraron sus sentimientos por Elizabeth. A pesar de que poco después de aquel día en el que se habían escabullido de la señorita Martínez, se vieron por última vez, cuando la madre de Elizabeth se presentó apresuradamente una mañana en la escuela para regresar con ella a su hogar, a un país en el que el padre de Elizabeth, el teniente Foster, igual que el primo Victor, había partido hacia el sur a bordo de su propio “pucará”.
Pucará significa “fortaleza”, recordó. La fortaleza que los mantuvo juntos a pesar de la historia, la distancia y el dolor, y que los animó a soñarse y añorarse a través de los territorios, los meridianos y las geografías, convirtiendo las noches invernales en amaneceres de verano, y la falta en cercanía. Y que ahora en el ocaso de ese día y de sus propias vidas, mientras ya la podía ver a lo lejos corriendo hacia él y agitándose con emoción mientras lo llamaba por su nombre, propiciaba su reencuentro y luego de tantos años, por fin los unía.
Enviado a concurso "Malvinas en Mi" - SADEM (Argentina)
Un relato melancólico muy bien desarrollado, y con un trasfondo social interesante. Me recuerda a relatos de antaño en tiempos de incertidumbre y convulsión.
ResponderEliminarmuchas gracias por comentar
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