Cuento descarnado del autor de "El almohadón de plumas" en su faceta más lúgubre, deprimente y premonitoria, en el que como en otros casos rinde homenaje a los escritores que admiraba y emulaba aunque adentrándose en terrenos y universos que no parecen típicos del Quiroga más conocido.
El título hace referencia a unos escritos de Baudelaire acerca del uso de estupefacientes ("Los paraísos artificiales") solo que aquí se centra en el consumo particular de cocaína a la que de base se describe como un "infierno", iniciando con una escena propia de un cuento de Poe en la que ante una tumba abierta y en plena noche, un sepulturero tiene encuentro con una especie de duende o cree estar viéndolo desde el interior de una calavera, y asiste así al relato sobre la vida del difunto que ahora yace a sus pies, con el que comparte la adicción por el opio (y quizás más), muy al estilo de la narrativa fantástica que cultivaban autores de tradición irlandesa como lo serían O. Henry, Ambroise Bierce o Nathaniel Hawthorne.Como en otras ocasiones también, Quiroga emplea aquí un lenguaje manierista o anacrónico que suprime las preposiciones a la manera en la que escribían en aquella época escritores franceses de moda y se esmera en hacer difusas o irrelevantes las fronteras entre las dimensiones de la realidad y entre la realidad misma y la fantasía. Se hace presente otra vez también el tema de la droga como símbolo de una existencia decadente imbuída de nihilismo que se supone característica de un cierto sector social de la época, pero descrita de manera irónica como una forma de vida que ciertamente representa el infierno. El final me parece lo mejor del cuento por el efecto que causa, la pericia en su construcción y la cuota de involuntario humor que aporta al resto del oscuro cuadro plasmado por el relato.
Me encanta su reseña compañero, he leído el cuento y por supuesto que estoy de acuerdo a su apreciación, y destripe que realiza me desvela más aspectos en los que no había pensado.
ResponderEliminarenhorabuena
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